Empresas sociales, emprendedores, lucro. El sentido de las palabras

Debo estar haciéndome mayor. No en vano mi madre siempre me recuerda que ¡ya nací algo vieja! No sé si es bueno o malo, pero la verdad es que de unos meses a esta parte me ha dado por plantearme más aún el sentido de las cosas, el sentido de las palabras, el sentido de los hechos.

Vivimos demasiado deprisa, eso no es ninguna novedad. Pero lo cierto es que asimilamos con gran rapidez discursos formados como si nunca hubieran sido de otra manera.

Recuerdo hace bastantes años que andábamos inmersos en un proyecto sobre la situación de la ética y la responsabilidad social en nuestra comunidad, y nos detuvimos bastante tiempo debatiendo sobre la importancia de que la gente no conociera el término responsabilidad social.

En un ímpetu juvenil, y con ganas de avanzar, espeté a uno de los catedráticos que lideraban el proyecto: “¡Qué más da cómo lo llamen o si conocen el concepto o no! Lo importante son los hechos, no las palabras”.

En aquel momento no me pareció importante la explicación con la que trataron de convencerme de la importancia del lenguaje, de cómo llamamos y entendemos las cosas. “Si no entendemos el concepto, no entendemos nada”, me argumentaban.

Hoy siento la necesidad de volver al diccionario, y buscar en la RAE el significado de las palabras “empresa”, “empresario” y “emprendedor”. Me sorprendo buscando en el María Moliner, en un ejemplar que todavía guardo en papel de mi época de estudiante, las mismas acepciones. Necesito entender el significado de las palabras, para entender los hechos.

Entender por qué ahora hablamos de “emprendedores”, incluso de “emprendedores sociales” para proyectos con sentido, y usamos de manera despectiva la palabra “empresas” y “empresarios/as” para proyectos que no lo tienen.

Tratamos de justificar lo injustificable, empresas cuya única finalidad es el lucro mal entendido; ganar dinero unos pocos con un modelo dañino para el resto de la sociedad, incluidos trabajadores explotados, clientes engañados y un entorno maltrecho de esta actividad.

Y nos afanamos en buscar otros modelos de “emprendedores” con conciencia, con proyectos ilusionantes, que buscan ofrecer productos y servicios de calidad, respetuosos con el entorno, “sostenibles”, con todo lo que esta palabra conlleva, y donde las personas son el centro y lo más importante para el “emprendimiento”.

Hemos pasado de elogiar a los empresarios y empresarias valientes que arriesgaban todo lo que tenían por un proyecto ilusionante, que generara empleo y riqueza en el entorno, a demonizar esta figura

Como los tiempos han cambiado, y la manera de dar sentido a las palabras también, accedo a la Wikipedia para ver el sentido que de manera colectiva damos en este diccionario al término “emprendedor social”, y me sorprende encontrar que “el emprendimiento social hace referencia a un tipo de empresa en la que su razón social es en primer lugar satisfacer necesidades de la sociedad en la que se desenvuelven”.

Y sigue “si bien no es una típica empresa privada del sector capitalista; su lógica no encaja ni en el paradigma de las empresas públicas del sector estatal ni el de las organizaciones no gubernamentales. Los emprendimientos sociales son organizaciones que aplican estrategias de mercado para alcanzar un objetivo social”.

Nos hemos afanado en crear un lenguaje distinto para instintivamente separar los proyectos respetables (emprendimientos) de los proyectos que no deberían existir (¿empresas?).

Hemos pasado de elogiar a los empresarios y empresarias valientes que arriesgaban todo lo que tenían por un proyecto ilusionante, que generara empleo y riqueza en el entorno, a demonizar esta figura y crear la necesidad de llamarla de otra manera. Y definir a la “empresa social” como “un tipo de empresa en la que su razón social es en primer lugar satisfacer necesidades de la sociedad en la que se desenvuelven”. Interesante.

La fuerza del lenguaje se me muestra aquí con enorme rotundidad, un lenguaje que se transforma en hecho. Hablamos de «emprendedores sociales», algo que hace unos años apenas existía, y metemos en el saco proyectos ilusionantes, que buscan remediar los males de la existencia, iluminar los países del tercer mundo, atender a personas vulnerables, minimizar los impactos ambientales, reciclar productos o generar empleo para sectores deprimidos.

Proyectos que tienen que ser sostenibles económicamente porque si no, no son proyectos; proyectos que pueden hacer ganar mucho dinero a sus ideadores, y que veremos con buenos ojos porque son proyectos con sentido.

La pregunta que me hago es, ¿no estaremos inventando un lenguaje nuevo, y un modelo nuevo, porque parte de la realidad no nos gusta? ¿Qué sentido tienen empresas y proyectos que no busquen satisfacer las necesidades de la sociedad? ¿De verdad aceptamos como buenas empresas las que sólo buscan el enriquecimiento de sus creadores, y más aún, nos gusta ser cómplices de las mismas, comprando sus productos y/o servicios, y sabiendo abiertamente que nada les importamos? (Vid. Mi consumo es ¿sucio e injusto?) ¿Por qué no empezamos a hablar de empresarios/as y empresas con sentido, y empresarios/as y empresas sin sentido?

Hace unos días tuve la fortuna de compartir jornada con Joan Melé, una figura importante en la difusión de la “banca ética” en España. Joan, apartado ya de la actividad bancaria, se dedica ahora a la sensibilización, poniendo al servicio de las personas su experiencia recogida en 64 años de existencia, y más de 40 en el sector bancario.

En sus conferencias Joan no habla de modelos empresariales, de economía, de bancos, de dinero, de proyectos. Joan habla de sentido. Del sentido de la vida. “El problema –decía Joan- es que hemos perdido el norte y el sentido de la vida”.

“Nacemos, vivimos unos años, no sabemos cuántos, y morimos. Eso es lo único seguro. Lo importante es cómo quieres vivir el tiempo que te ha sido concedido. Que cuando llegue el final de tu vida pienses que le has dado algún sentido”, reflexionaba Joan.

Y así vuelvo al inicio de mi reflexión. No sé si me hago mayor… pero cada día tengo más claro que hay proyectos o empresas con sentido, y proyectos, empresas y personas-empresarias sin sentido.

Afortunadamente es la experiencia y la cantidad de empresas con sentido que encuentro a mi alrededor la que corrobora este dato. Y el discurso tiene que ser claro en ello. Y como comunidad, como colectivo, como ciudadanía, rechazar a estas empresas sin sentido capitaneadas por personas vacías que no han encontrado su lugar en el mundo, y que tanto daño hacen a los que las rodean.

Como ahora está muy de moda decir que la RSE está obsoleta, caduca, que actualmente la llamamos tal o pascual, creo que me voy a sumar a esta corriente y voy a empezar a hablar de proyectos con sentido, y proyectos que deberían desaparecer por el bien de la sociedad y por el bien de la Tierra.

No en vano ya hace tiempo inicié una sección en mi blog titulada Proyectos que merecen la pena, y no andaba desencaminada. No sé si son empresas, no sé si son emprendimientos, no sé si son sociales, no sé si son empresarios/as, no sé si son empresas responsables, éticas, no sé si son gremios, profesionales…

Lo qué si sé diferenciar perfectamente es lo que sí tiene sentido de lo que no. Y cómo yo, creo que la inmensa mayoría. Y en decirlo alto y claro y abandonar estos modelos y proyectos a que caigan por sí solos, sí que tenemos todos responsabilidad, si queremos antes de morir, sea cual sea nuestro momento, haber dado algo de sentido a nuestras vidas. Haber sido, como recordaba Melé que nos decían antes nuestros padres y madres, “personas de provecho”. La fuerza de las palabras…

Comentarios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

  1. María Teresa Ramos Onetti

    «La fuerza de las palabras»
    Qué importante es tener en cuenta esta afirmación querida amiga Carmen Martí.
    La expresión me ha recordado el título de aquella hermosa película de Isabel Coixet «la vida secreta de las palabras»
    El asunto era otro muy distinto, pero yo AMO las palabras y sus significados y me ha parecido muy acertado tu artículo porque claramente las «personas de provecho» hemos tenido que crear nuevas palabras para el mundo empresarias para que nadie nos confunda.
    El problema que veo es que ya hay mucho lobo con «chaquetitas» de lana de oveja por encima. Rascas un poquito y ya hay mucho «emprendedor» (incluso con el sufijo de ‘social’, cuyo objetivo único y principal es «guanyar diners» a costa de lo que sea.
    Gracias por tus reflexiones. MTeresa