Hubo un tiempo donde lo importante era sustantivo

Hace unos meses cesó el latido de mi padre. Mi padre, como todos los padres, martilleaba una y otra vez mi subconsciente con frases hechas que hablaban de lo realmente importante en la vida. Es como si la edad les dotase de ciertos credos que se convierten en axiomas irrefutables. Hoy, meses después, anhelo seguir escuchando el diario martilleo.

Al recoger su despacho reparé en un cuadro que siempre había estado colgado sobre su escritorio pero que nunca llegue a leer con atención: “A don Antonio Lafuente Alós para que conste públicamente el reconocimiento del Banco de Bilbao en testimonio de homenaje y aprecio por el honor que merecen quince años de servicio prestados a la empresa”. Mi padre siempre se sintió orgulloso por haber pasado gran parte de su vida al servicio de lo que se acabó convirtiendo en el BBVA.

Ese gran gigante financiero fue siempre una parte de su ADN. Su familia, amigos e hijos no vislumbrábamos otra entidad con la que llevar los muchos o pocos negocios financieros que no fuese BBVA.

Desgraciadamente, con el paso de los años, ese fanatismo por considerar la entidad como parte de sí mismo fue, como lo hicieron sus latidos, apagándose poco a poco. En los últimos años solo le restaba una nostalgia por una entidad a la que tanto había dado pero, de la que tanto él como sus compañeros de fatigas de antaño, habían acabado defenestrando por los recurridos sinsabores.

Hubo un tiempo donde el empleado importaba, hubo un tiempo donde lo importante era sustantivo, hubo un tiempo donde se hallaban círculos virtuosos: el de un empleado ilusionado con su obrar que hacía de correa de arrastre con sus allegados.

Existen virtuosos del capitalismo agresivo que siguen sosteniendo que lo importante es la rentabilidad. Virtuosos que apuestan por exprimir al máximo a sus empleados, por intentar sacar lo mejor de ellos mismos, obviando que lo mejor de esos empleados es su bienestar personal. Su satisfacción por lo que hacen.

Esos círculos virtuosos pueden convertirse en la mejor herramienta reputacional o, por el contrario, transformarse en círculos viciosos que no solo afectan de manera negativa a su cuenta de resultados, sino a la reputación inmediata y a la sostenibilidad en un medio y largo plazo.

Abogar por una estrategia de responsabilidad social que ponga al empleado en el centro del sistema tiene hoy, más que nunca, unos efectos positivos.

El bienestar del trabajador en la cuenta de resultados

Sin lugar a dudas mantener satisfechos a los trabajadores es una inversión y una garantía de éxito empresarial a medio y largo plazo. Se mejora la productividad del empleado, se incrementa la atención y el servicio al cliente, se logra reducir el absentismo laboral y la renuncia de puestos de trabajo, aumenta nuestro posicionamiento como empresa, el interés y la contratación de empleados y, entre otros muchos efectos, logramos retener nuestros talentos.

Trabajos como los de la consultora Corporate Excellence de Ángel Alloza o reconocimientos como los Great Place to Work España dirigido por Nicolás Ramilo, evidencian como una apuesta por un entorno saludable de trabajo ayuda a atraer y a retener mejor el talento, impulsa la idea de marca y mejora la productividad y el incremento del negocio.

Mantener satisfechos a los trabajadores es una inversión y una garantía de éxito empresarial a medio y largo plazo.

El miedo al cambio y el ‘acomodo’

Con la pandemia muchas personas se encuentran insatisfechas con su ambiente de trabajo. Según un estudio publicado por la consultora Yonder Consulting, el 50% de los encuestados apunta que se siente atrapado en su trabajo actual debido a la incertidumbre económica.

Es cierto que existe una creciente insatisfacción en los empleos a causa de considerar no tener un salario justo, al ambiente laboral o a las condiciones de trabajo, pero estas personas trabajadoras deciden no cambiar de puesto.

Esa zona de claros oscuros, esa zona gris es la que nos permite encontrar cierto ‘acomodo’ en la insatisfacción. No tocar fondo nos hace contentarnos con lo que tenemos y no buscar un cambio real con un empleo que nos permita alinear valores y realización personal.

Los valores de los trabajadoras como garante del éxito

Son muchos los que sostienen que hoy las cosas han cambiado, que el trabajo de hoy no se parece al de ayer y que diferirá completamente del de mañana. Soy de los que me niego a aceptar estos planteamientos.

Ese capitalismo agresivo de los que, como decíamos antes, algunos hacen gala, está abocado al cortoplacismo. A mi padre le inculcaron un sentimiento de pertenencia, era la forma de mantenerle motivado y satisfecho. Hoy el trabajo, en no pocas ocasiones, se entiende como una obligación, no como una herramienta que nos permite seguir creciendo.

La sociedad y la empresa deben apostar por educar en valores a todos sus recursos humanos. Las entidades tienen que formar personas.

Agradezco la suerte de ser empleado público y pensar que todo tiempo invertido en mi actividad va en beneficio compartido de la sociedad y, de manera especial, en beneficio de quien más lo necesita.

Es ese sentimiento el que me hace despertar cada mañana con ganas de seguir queriendo cambiar el mundo. Ese era el sentimiento que conducía a mi padre a querer ofertar cada mañana productos financieros a sus vecinos y familiares. Mi padre estaba seguro de que les ofrecía oportunidades porque tras él había una compañía seria y comprometida.

En mi actividad la empresa seria y comprometida es el Estado, con independencia de quien gobierne, en el caso de mi padre era su banco, aquel que con el paso de los años fue descuidando a sus recursos humanos, aquel que antaño le felicitaba por cumplir quince años de servicio y que acabó por ni tan siquiera recordar la fecha de su jubilación.

En un mundo robotizado, sistematizado, donde todo parece impersonal cobra un valor especial lo humano y lo auténtico. Por todo ello, la apuesta por formar personas con principios y valores, reconociendo su compromiso y trabajo, está llamada a convertirse en garantía de éxito. Volvamos a lo sustantivo, aún estamos a tiempo.

Comentarios

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  1. María Mendez Goldar

    Extraordinario artículo.
    Viví una parte de esa experiencia en otra empresa, pero también el brusco cambio en otras.
    A través de una de mis hijas veo como el valor del «sustantivo» no existe y, noto con tristeza esa «insatisfacción» sin vislumbrar una salida.
    Gracias por esta lectura.