Yo también fui un narizotas - Revista Haz

Yo también fui un narizotas

“Quizá no cambiarás el mundo al ayudar a una persona que padece acoso escolar, pero sí cambiarás el mundo de esa persona”. Anónimo.

Recientemente tuve la ocasión de participar en una jornada organizada por Recurra Ginso sobre acoso escolar y ciberacoso, una materia que debería ser prioritaria en la agenda pública, especialmente en el contexto actual de auge de suicidios alentados por los efectos de la covid-19 y los trastornos que ocasiona a la salud mental, notablemente entre la población joven.

La ya desaparecida organización británica Beat Bullying decía que, dentro de la Unión Europea, hasta 24 millones de niños y jóvenes al año eran víctimas de acoso y maltrato por bullying.

Reino Unido parece ser el país más afectado por el acoso escolar, seguido por Rusia, Irlanda, España e Italia.

Una experiencia de vida

Recuerdo mi adolescencia. Recuerdo cuando con catorce y quince años me encontraba cursando tercero y cuarto de la ESO en mi instituto. Era feliz, tenía mi grupo de amigos y unos más que decentes resultados académicos, lo que suscitaba el orgullo de mis padres.

También recuerdo que fue en aquellos años cuando esa aparente calma se resquebrajó. Recuerdo que mi grupo de amigos, aquellos que me habían acompañado hasta esa temprana adolescencia, empezaron a dejarme de lado. Las causas eran desconocidas, pero tenían que ver con mi prominente nariz, una nariz que, con el tiempo, lejos de parecerme grande creo que me dota de cierta personalidad.

Recuerdo que era duro. Sentirte apeado y apartado por tu núcleo de confianza no es fácil. Recuerdo que empezábamos a salir por las tardes, por las noches, a conocer otros grupos de iguales, pero de la noche a la mañana me vi completamente solo, marginado. No deseaba compartirlo con nadie, ni con mis padres, me creía lo suficientemente capaz como para salir solo adelante.

Y recuerdo que tuve suerte, mucha suerte. Gracias a ese singular sinsabor soy quien hoy soy. Me refugié en los estudios y mi rendimiento académico fue extraordinario. Inicialmente, por compartir las tardes con alguien y no acomodarme en la soledad de mi hogar, me dediqué a dar clases particulares y acompañar a mis compañeros de clase en sus estudios.

Me hice amigo inseparable de otro compañero apeado, ‘el Cabezón’, que con los años siempre destacó por ser quien acaba conquistando a todas. No nos fue mal. Recuerdo mi nuevo núcleo de amigos, esos amigos de verdad que no parecían incomodarse porque mi nariz fuera más o menos prolongada, y que hoy conforman ese núcleo de gente única.

Recuerdo que era tímido, muy tímido, aun hoy me sonrojo cuando en ocasiones me toca hablar en público.

Recuerdo que me hice delegado de clase, miembro del Consejo Escolar del instituto y miembro del Consejo Escolar Municipal. Todo por ocupar mis tiempos, por sentir que mi vida era útil y tenía claro sentido.

Tuve que superar mis miedos, que cambiar mi forma de ser, mi comportamiento. Opté por el camino de descubrir todas mis potencialidades y salió bien. Saber que tenía una familia y una red de confianza ciega me dio las energías necesarias.

Por desgracia, esta no es la realidad de muchos de nuestros jóvenes. Ante este contexto tienes dos opciones: bien apuestas por reinventarte, bien te hundes en tu soledad y el anonimato.

Cada día miles de jóvenes sufren acoso escolar. Superar el acoso, salir de ello reforzado, requiere en el contexto actual una acción compartida. Todo suma, nadie sobra.

La necesidad de acción compartida

El acoso coarta la libertad y, en no pocas ocasiones, limita las potencialidades de un joven que, en otro contexto, rendiría mucho mejor. Por todo ello, es cuestión de Estado salvaguardar los derechos del menor.

Aunque hablemos de acoso escolar, este no solo se produce en la escuela, se prolonga en las redes sociales, en las actividades deportivas y en el ambiente del barrio. Cuando el acoso se produce en núcleos pequeños, además, afecta a todos los aspectos de la vida de ese menor.

El acoso escolar no es un fenómeno nuevo. El acoso psicológico, verbal o físico entre menores ha existido siempre, pero hoy la situación se agrava fruto de la frecuencia (el acoso no acaba en el periodo de clase, persiste con las redes sociales y el hogar ya no es refugio), la intensidad y las formas.

Necesitamos una acción compartida por parte de la escuela, las familias y el legislador. Es ese trabajo coordinado y comprometido de unos y otros la mejor garantía de una correcta prevención.

El ciberacoso es una nueva realidad y el menor sigue viéndose atacado por redes sociales o por WhatsApp cuando llega a su hogar.

Como señala el experto Guillermo Cánovas, el ciberacoso agrava la situación inicial de acoso pues es constante (se prolonga también los fines de semana), público (por lo general es ejercido por varios, no solamente por una o dos personas), reproducible a distancia (ya no necesitamos la proximidad del cara a cara), mantiene connivencia con el anonimato (lo que puede dotarlo de mayor crueldad), es fácil de realizar (basta con reenviar una imagen), tiene una rápida difusión y se puede prolongar indefinidamente.

Necesitamos una acción compartida por parte de la escuela, las familias y el legislador. En la escuela debemos formar a los educadores, proveerles de contenidos temáticos y dotarles de espacios físicos seguros.

En la familia debemos establecer como elementos innegociables el mantenimiento de ordenadores en espacios comunes de la casa, utilizar filtros de seguridad y establecer edades de acceso a móviles y redes. Es ese trabajo coordinado y comprometido de unos y otros la mejor garantía de una correcta prevención.

No podemos banalizar el acoso, ni pensar que “son cosas de niños”. Debemos centrar nuestros esfuerzos en prevenir el acoso y para ello el primer paso es concienciar de la gravedad de sus efectos, procurar evitarlo en todos los espacios del día a día y, si se produce, denunciarlo.

Se hace preciso establecer protocolos de actuación en los centros escolares, actuar con rapidez para evitar que la situación pueda enquistarse y actuar con medidas de corrección.

Cuentan que en la antigua Grecia había un maestro que cuando bajaba la marea acudía a la playa para devolver al mar cuantas estrellas habían quedado encalladas en la arena. Un día, uno de sus discípulos, viendo la orilla atestada de estas, le inquirió: “Maestro, son muchas las estrellas de mar que hay en la arena, no podrás devolver todas al mar”. El maestro, tomando una con la mano, mostrándosela y devolviéndola al mar, le respondió: “No podré salvarlas a todas, pero… para esta, su futuro será muy distinto”.

Como decíamos al inicio… no cambiaremos el mundo ayudando a una persona que padece acoso, pero a ella le habremos cambiado la vida.

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