Juicio a Google: poner barreras donde casi no las hay

Los monopolios no son adecuados en una economía de mercado porque mal usados siempre perjudican a los consumidores. Por eso, la falta de capacidad de elección de productos y servicios ha sido uno de los grandes males contra los que ha luchado la economía de mercado desde siempre. Y en ella se han fundamentado las reglas anticompetencia. En Estados Unidos todavía está vigente la Ley Sherman Antitrust, publicada el 2 de julio de 1890, hace nada menos que 133 años.

Hasta ahora, la experiencia ha demostrado que es casi imposible una competencia efectiva y real sin competidores. Y esta es una de las causas del desastre de los modelos colectivistas: una empresa de servicios, incluso si es de propiedad pública, sin competencia no va a mirar por el bien de los ciudadanos. Cuba o Venezuela son ejemplos que vemos todos los días, como en su momento fueron la Unión Soviética y los países de su órbita.

Esto es así en, digamos, la ‘economía física’, la que ha regido hasta el siglo XXI. En ella, el consumidor estaba atado a su proveedor y no tenía capacidad real de buscar otro. Pero Internet ha cambiado radicalmente las reglas del juego.

Veamos el ejemplo de una panadería que estuviera sin competencia en un pueblo. Establecería el precio que quisiera para sus productos, con un único tope: el nivel en el que los ciudadanos dejan de comprar el pan porque ya no pueden pagar ese pan. La única solución que tenía el consumidor era viajar a otro pueblo en busca del pan, lo que probablemente haría más onerosa la barra. ¿Pero qué ocurre en el mundo digital, el que ha traído Internet?

Imaginemos que en ese hipotético pueblo con una sola panadería un emprendedor monta una plataforma en Internet de venta de pan a los ciudadanos, con un servicio de puerta a puerta al que puedan apuntarse todas las panaderías de la comarca y ofrecer desde esa plataforma sus productos. En primer lugar, parece lógico que para poder quedar incluido en esa plataforma los panaderos tendrán que cumplir las condiciones que ponga el propietario de la plataforma: comisiones, calidad de los productos, plazos etc.

¿Qué supondrá para los ciudadanos del pueblo la aparición de esa plataforma de venta de pan? Una rebaja de precios, la comodidad de que le lleven el pan a su casa y una mejora de la calidad de los productos. Aunque solo exista una plataforma en el mercado digital, es obvio que el habitante de ese pueblo vivirá mejor con ella que sin ella. Y si el nuevo servicio es beneficioso para el consumidor, ¿por qué hay que cambiarlo artificialmente desde las autoridades públicas?

El abuso de posición dominante encarece los productos y hay que combatirlo, pero ¿qué hacer cuando un presunto monopolio facilita la vida del ciudadano?

Sigamos con el ejemplo. El propietario de la plataforma de venta de pan establece unas condiciones para que una panadería sea incluida en el servicio: una determinada calidad del pan, que sea capaz de hacer frente a pedidos grandes, el pago de una comisión por venta, etc. A la vez, incluye con las mismas condiciones su propia panadería en el servicio. La pregunta es si los ciudadanos y los panaderos están ahora mejor o peor que antes del nacimiento de la plataforma de venta de pan online. ¿Es abuso de posición dominante, por ejemplo, que el dueño de la plataforma de venta de pan prime su propia panadería frente a otras dejando que los consumidores puedan seguir eligiendo en cuál de ellas comprar el pan sin ningún coste?

El ejemplo de las panaderías viene a colación porque el mes pasado empezó en Washington un juicio contra Google por prácticas anticompetitivas. El Departamento de Justicia considera que ha aprovechado el éxito de su buscador -que copa el 90% del mercado en ese país- para llegar a acuerdos con fabricantes de móviles para instalarlo en sus dispositivos en perjuicio de otros. Durante el juicio se ha sabido, por ejemplo, que Google pagó 26.300 millones de dólares a una compañía y, aunque no trascendió, todo el mundo sabe que fue Apple- en 2021 para que su buscador apareciera por defecto en los móviles y en el navegador de la firma fundada por Steve Jobs.

Si precisamente las prácticas anticompetitivas consisten en poner barreras, hay que analizar hasta el final qué tipo de barreras se pueden levantar en un mundo en el que prácticamente no existen.

La justicia estadounidense considera que con acuerdos de este tipo se perjudica al consumidor, que no puede elegir el buscador que quiera, y a las empresas de otros buscadores, que pierden negocio al no aparecer como primera opción en los móviles.

Google se defiende con dos argumentos. Uno basado en la economía ‘real’:sus acuerdos para la instalación de su buscador en móviles son similares al que firma una cadena de supermercados con un proveedor concreto para colocar de forma preferente sus productos en los expositores que primero ven los clientes. Los otros proveedores siguen teniendo su lugar y los clientes continúan teniendo acceso a sus productos, aunque estén en otros expositores menos vistos.


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El otro argumento pertenece a la economía ‘virtual’. Volvamos a nuestra panadería. En la economía ‘física’, el ciudadano que no quería comprar pan en la única panadería del pueblo, ya lo hemos dicho, no tenía más remedio que irse a otro pueblo a comprarlo. En la plataforma de panaderías, puede elegir con un solo clic el proveedor que más le convenga. Es lo que dice Google: elegir un buscador en un móvil porque no gusta el que está por defecto es tan sencillo como bajar la aplicación de otro buscador. De forma que ni se perjudica a la empresa, cuyo buscador está disponible para quien quiera, ni al consumidor, que tiene acceso al que prefiera. Ya con cierta arrogancia, los ejecutivos de Google añaden que el dueño del móvil no suele cambiar de buscador porque Google Search es el mejor.

Quedan semanas para que se sepa el veredicto de este caso, pero los expertos califican este juicio de “histórico” porque va a determinar las reglas de competencia en el mundo de Internet. Y si precisamente las prácticas anticompetitivas consisten en poner barreras, hay que analizar hasta el final qué tipo de barreras se pueden levantar en un mundo en el que prácticamente no existen. El abuso de posición dominante encarece los productos y hay que combatirlo, pero ¿qué hacer cuando un presunto monopolio facilita la vida del ciudadano?

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