Uno de cada cuatro

Es la hora de comer y Julieta, Bella y Justin están aprendiendo a leer. A pesar de tener entre 9 y 12 años, no van a la escuela. Trabajan prácticamente todo el día, salvo este ratito que vienen a Kekeli, un centro de las Hermanas Vedruna, para aprender a leer, sumar y restar en su hora de descanso.
<p>Foto: Ana Palacios.</p>

Foto: Ana Palacios.

Trabajan para señoras que tienen un puesto en el mercado de Hanoukopé, en Lomé (Togo). Las patronas han comprado a estas niñas por unos 30 euros, para tenerlas a su servicio todos los días, todas las semanas, todos los meses… Y así durante los próximos años, quizá para siempre.

Será para siempre si las niñas no son capaces de salir del bucle de la pobreza. Es decir, si no tienen recursos, no tendrán acceso a la educación; por tanto, no conseguirán trabajos cualificados. Si no tienen un trabajo remunerado que les permita ahorrar, no tendrán opciones de salir de la esclavitud en la que están inmersas, atrapadas en el intercambio precario de trabajo por comida.

Podrán sobrevivir si no les pasa nada que las incapacite para trabajar, claro. Si enferman, no podrán cumplir con su única misión y las echarán a la calle, por “inútiles”. Estigmatizadas, no tendrán nada ni a nadie. Muchas veces, estas menores ni siquiera conocen el camino a sus poblados. Incluso sabiendo volver, puede que no lo quieran hacer, por la humillación que eso le supondría a su familia.

Terminarán siendo niñas de la calle o “adultas de la calle”, mendigando, prostituyéndose, delinquiendo y, probablemente, enfermando por cualquier infección sencilla que no podrán tratar, porque no podrán pagar a un médico y morirán jóvenes. No es una exageración; una infección les puede dejar secuelas de por vida o enterrarlas. Un cuerpo con un sistema inmune frágil, como suele ser el de las personas malnutridas desde la niñez, no puede luchar contra enfermedades que aquí se curan con tres días de antibióticos.

Esta debacle humanitaria anunciada es más habitual de lo que podemos imaginar. Afecta a 86,6 millones de niños y niñas, y eso solo en África Subsahariana, la región con la mayor prevalencia y el mayor número de niños en situación de trabajo infantil del mundo. Esto supone un 23,9% de los niños y niñas de esta región, es decir, uno de cada cuatro menores vive bajo alguna forma de esclavitud (datos extraídos de la Organización Internacional del Trabajo y de Unicef).


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Por si fuera poco, varios informes han incidido en que el cierre de las escuelas ha favorecido el trabajo infantil. “En una encuesta realizada en ocho países del África Occidental, los niños declararon de forma sistemática que trabajaban porque no había clases. Afirmaron que su presencia en el hogar suscitó la expectativa de que debían trabajar para ayudar a sus familias, lo que dificultó el aprendizaje a distancia, incluso cuando estaba disponible”, explica el documento Trabajo infantil. Estimaciones mundiales 2020. Tendencias y el camino a seguir, elaborado recientemente por la OIT y Unicef.

Me va a permitir que repita la frase porque creo que lo merece: uno de cada cuatro menores vive bajo alguna forma de esclavitud. ¿Se imagina que un cuarto de la clase de sus hijos, nietos, sobrinos… ya no pudieran ir más al colegio porque sus padres los van a vender a desconocidos que los pondrán a trabajar en otras ciudades o en otros países, o a mendigar, o a servir en una casa, o los reclutarán como soldados para conflictos armados, a veces en otro idioma y con otra cultura, sin posibilidades de volver a ver a su familia y sin perspectivas de que eso vaya a cambiar? …Yo tampoco.

(Capítulo cinco de cinco sobre la esclavitud infantil).

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