La paradoja de la integridad

Nos encontramos en un momento de tensión social que requiere dosis reforzadas de valores públicos para superarse. Las oportunidades pueden venir en parte del diseño coparticipado del V Plan de Gobierno Abierto, pero hará falta incluirle más elementos.

En 1995 se estrenó El odio (La haine), segunda película del director Mathieu Kassovitz, que firma también el guion. Una pequeña obra maestra, si me permiten el comentario. En la introducción de la película, segunda escena, se observa un cóctel molotov que se dirige a la Tierra mientras que una voz en off relata: “Esta es la historia de un hombre que cae de un piso 50. El tipo, mientras va cayendo se repite sin cesar para tranquilizarse: ‘Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien… hasta ahora todo va bien…’. Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje…”.

Si bien La haine retrata un momento, comprimido en una historia que sucede en 24 horas, de la escalada del conflicto social que se venía advirtiendo en Francia en los años 90 en los suburbios de las grandes ciudades. Un retrato vivo de una sociedad en la que los hijos de inmigrantes, nacidos ya en Francia, se encuentran en una que no les ofrece oportunidades, en barrios (los conocidos como banlieues) carentes de equipamientos y servicios, que no reciben nada de lo que han aportado sus padres, a los que consideran explotados por el sistema.

En este contexto, hay quienes aceptan y justifican la violencia como una respuesta legítima a la violencia que reciben del sistema, ya sea por estigmatización o en forma de represión policial. Para otros es una respuesta peligrosa, como sintetiza uno de los personajes principales, ya que “el odio solo genera odio”. Otros, desde la inocencia juvenil y la duda, se mueven entre discursos de rebeldía, la rabia y la contención, porque intuyen que en el conflicto no les irá bien, pero circunstancialmente se pueden ver arrastrados por la masa.

Cada escenario de problemática social genera sus propios picos de tensión. La situación que describe La haine no está tan lejos de otros conflictos, cada uno con sus condicionantes propios y sus actores principales y secundarios.

Pero no vamos a detenernos en analizar el caldo de cultivo de la situación en los banlieues marginales (también los hay de clase alta, es un término asociado a zonas en el extrarradio de la urbe). Ni las semejanzas con otras situaciones similares en otros países, como el nuestro, en los que se mezclan ingredientes, en distintas fases y proporciones, de crisis económica, desempleo, desconfianza hacia los partidos políticos, inmigración, nacionalismo y populismo. Cada cual es perfectamente capaz de unir los puntos.

Pero este texto no trata de eso; o sí, pero desde otro enfoque: el del papel de las élites y partidos políticos. La visión del conflicto, no la surgida desde las capas bajas de la sociedad como en La haine, sino desde la clase dirigente. La que tiene la responsabilidad de gestionar el conflicto y, en distintas dosis, la prerrogativa del monopolio de la violencia. La que tiene la obligación moral de ser ejemplar. La que colma el discurso formal de buenos propósitos y de palabras incendiarias la dialéctica diaria. La que no puede dejarse caer, ni permitirse empujar al resto al vacío.

De este lodazal de insultos cruzados y mentiras puede que emerja, tiene que emerger, una manera más limpia de hacer política. Este texto es una llamada a promover la integridad y la ética pública más allá de los discursos.

Este texto trata de la paradoja de la integridad, según la cual cuanto más se habla de términos relacionados con ética, transparencia o respeto a los valores democráticos, más comportamientos deleznables acoge. Una paradoja por la que no solo se permite, sino que se alienta el desprecio y el insulto a los rivales políticos. Una paradoja que escribe con la misma pluma los valores más elevados en los programas políticos y los guiones más soeces en los argumentarios de partido.

Este texto no trata sobre todos. No, porque esa es una trampa común, un truco por el que esos ‘todos’ terminan cayendo por la misma trampilla hacia un agujero común que no todos han contribuido a cavar con la misma intensidad. Una trampa que hace cada vez más fácil de explicar la desafección ciudadana hacia la política y las instituciones. Unas instituciones a las que se les pierde el respeto. Y los principales culpables de ello son quienes las ocupan, y solo temporalmente.

Este texto, este arrebato de rabia contenida, trata sobre quienes promueven el odio, alimentan el enfrentamiento, incluso inventando o falseando la realidad, y no conocen más visión que la del corto plazo. Y, por supuesto, también trata sobre quienes lo difunden. Porque unos ponen la mecha y otros la encienden. Y explota en la cara de quienes menos tienen que ver con el conflicto.

La última escena de la película, me van a permitir el spoiler (¿pasados treinta años se puede considerar spoiler?), muestra a dos personajes enfrentados encañonando una pistola en la cara del otro, mientras la voz en off dice: “Esta es la historia de una sociedad que se hunde. Que mientas se va hundiendo no para de decirse: ‘Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien. Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje’”.


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Desde estas líneas siempre me he aferrado a un optimismo, casi patológico, entre lo terapéutico y lo inocente. Esta vez no será distinta. Si en la anterior columna citaba que “del lodo crecen las flores más altas”, en este paso del invierno a la primavera no he podido dejar de pensarlo. De este lodazal de insultos cruzados y mentiras puede que emerja, tiene que emerger, una manera más limpia de hacer política.

Este texto es una llamada a promover la integridad y la ética pública más allá de los discursos. Estamos en la fase de codiseño del V Plan de Gobierno Abierto, que vuelve a situar la integridad como uno de sus compromisos. Pero tal vez se quede corto si solo se refiere a prevenir la corrupción o regular la actividad de los lobbies. Hay valores fundamentales de la sociedad que no podemos dar por aprendidos o por plenamente integrados en el funcionamiento de las instituciones. El respeto al adversario, una mínima obediencia a la verdad, por ejemplo. Solo basta con mirar a nuestro alrededor.

Este V Plan también se presenta con planta de valiente, de gallardo. No en vano, su compromiso 8, llamado “Derecho a la información veraz: desarrollar o reforzar marcos jurídicos que protejan la calidad y veracidad de la información”, se antoja tan necesario como polémico en su solo enunciado. Recuerden la que se formó cuando se planteó aquello de luchar contra la información falsa respecto al coronavirus. Ahora amplíen esto de forma genérica a la ‘veracidad de la información’. Una parte de mí prefiere ni pensarlo. Otra se lanzaría desde ya a aportar su granito de arena a este noble fin. Paradojas o contradicciones, que también las tiene uno.

Pero ya saben, de cobardes no se ha escrito nada. Qué menos que detectar un problema y tratar de solucionarlo. Nada más que por esto, ya merece cierto respeto este Plan. Ya veremos cómo se articula, pero los grandes trayectos comienzan siempre con un paso. Hasta ahora todo va bien, ya saben, pero lo importante es el aterrizaje. Pongamos todos los elementos posibles para amortiguarlo.

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