Cuando cambiar es un arte (I) - Revista Haz

Cuando cambiar es un arte (I)

Son las ocho de la mañana, las calles de Kampala (Uganda) ya hierven de actividad y el sol todavía no te derrite la piel. Esta mañana no se ha producido ningún corte de agua en Kansanga, un gueto cualquiera de la ciudad. Iván ha podido asearse en condiciones, gracias al grifo que se encuentra cerca de su casa y que comparten cientos de vecinos.
<p>Foto: Ana Palacios.</p>

Foto: Ana Palacios.

Iván es presumido y le gusta ir impecable. Intenta peinarse, sujetando un trozo de espejo roto, se queja de su pelo rebelde, elige una gorra y sale de su casa de nueve metros cuadrados para ir a bailar.

Es un lujo inusual vivir solo, más aún si solo se tienen dieciocho años. Su madre vive en el pueblo. Su madre se prostituía porque necesitaba el dinero para dar de comer a sus hijos y cayó enferma de sida. “Mi madre empezó vendiendo fruta en las calles, luego vendía su cuerpo”. No sabe dónde están sus hermanos. Se crió con unos tíos que lo maltrataban y se escapó. Consiguió algo de dinero hace un par de años, cuando le eligieron para formar parte de una compañía de teatro y danza que actuaría en Polonia y en Francia con otros jóvenes en riesgo de exclusión social.

La razón por la que Iván tuvo la suerte de encontrar esa grieta que le abrió la puerta a una vida mejor fue la educación artística que le proporcionó In Movement, una ONG española para jóvenes en situación vulnerable en el que el arte es el protagonista.

Esta suerte de academia no es de alto rendimiento, ni busca formar a artistas de élite, sino que ofrece una formación básica de pintura, música, poesía, circo, grafiti, teatro, fotografía y, por supuesto, danza. Un oasis en el que Iván encuentra seguridad, estímulo y autoestima. Aquí desarrolla su creatividad, aprende que, a pesar de todas las dificultades diarias con las que tiene que lidiar, puede elegir. Él ahora sabe que es único y desarrolla un pensamiento crítico, también único, que le distingue de los demás.

“Soy quien soy porque todas estas actividades me han enseñado técnicas para tener seguridad en mí mismo, para dirigir mi vida y para controlar mi temperamento. Ahora sé hablar en público, incluso puedo enseñar a otros lo que he aprendido. He entendido el sentido del esfuerzo vinculándolo a objetivos y a la obtención de resultados. He aprendido a compartir y a afrontar los retos diarios con una actitud constructiva”. Así describe Iván su evolución desde que descubrió el poder del arte como motor para su desarrollo.


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El sistema educativo tradicional no fomenta el debate, ni la duda, solo verbaliza axiomas que hay que tragar sin masticar. No incita a pensar de una manera creativa, ni promueve la individualidad ni la iniciativa. El arte, en este caso, funciona como catalizador, como herramienta para el crecimiento personal y, posteriormente, como instrumento para el cambio social.

Parece que impulsar el desarrollo de la creatividad y ofrecer acceso a la cultura o al arte fuera solo patrimonio de las sociedades más desarrolladas, pero estos estímulos son imprescindibles para romper el ciclo perverso de la pobreza y crear una sociedad avanzada.

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