Sin pantalones en el páramo

HAZ1 septiembre 2009

Un viaje por los Andes tropicales en Mérida (Venezuela) sirve de marco al autor para reflexionar sobre el trabajo de las organizaciones conservacionistas, los programas de turismo sostenible y la necesidad de integrar a las comunidades campesinas en las estrategias de protección de los espacios naturales.

–¡No tiene ninguna gracia!

Pero el problema es que sí la tenía, y mucha. Guillermo había dejado su pantalón empapado al lado de la lumbre; cuando a la mañana siguiente intentó ponérselo no conseguía abrocharse la cremallera. No se trataba, simplemente, de que hubiesen encogido un poco, su tamaño se había reducido considerablemente, y por más que lo intentaba, tumbado en el suelo, los dientes de la cremallera se resistían a abrazarse y el botón seguía a diez centímetros del ojal; separación nada despreciable y que, pese a todas sus contorsiones, no ofrecía ninguna esperanza de poder ser finalmente superada.

Lo cierto es que Yves y yo poníamos todo de nuestra parte, pero Guillermo no nos ayudaba mucho con sus insultos y flexiones desde el suelo, y terminamos en el piso agotados y doblados por la risa.

Nos encontrábamos acampados en el paraje llamado Los Morritos, en un establo, a 3.300 metros de altura en el Parque Nacional de Sierra Nevada, perteneciente a la Cordillera de Mérida en Venezuela. Era nuestro cuarto día de travesía y todavía nos quedaba una jornada más para alcanzar nuestro destino final, el pueblo de Gavidia.

Esta ruta maravillosa, de cinco días y cuatro noches, era uno de los cerca de 50 circuitos de ecoturismo desarrollado por la Fundación Programa Andes Tropicales, una fundación venezolana que viene trabajando desde hace quince años en esta zona montañosa, y que ha conseguido desarrollar uno de los programas de turismo de base comunitaria más exitosos en toda América Latina.

Gracias al decidido apoyo y visión de Elena Valderrábano, responsable por aquel entonces de los programas sociales de Repsol, la compañía española de petróleo había decido aprobar una importante financiación al proyecto de turismo comunitario impulsado por la Fundación Programa Andes Tropicales (PAT), cuyo director era Yves Lesanfants. Guillermo, buen amigo mío y fotógrafo de profesión, decidió sumarse a la expedición cuando le conté la ruta de cinco días que teníamos intención de realizar siguiendo los antiguos «caminos reales» de la época colonial utilizados por Simón Bolívar en 1813.

Nuestro recorrido comenzó en Barinas. Desde el aeropuerto de la capital nos dirigimos a la comunidad de Santa María de Canaguá, donde se encuentra la «mucuposada» de Los Samanes, «mucu» es un término indígena que significa lugar y con el que la Fundación designa las casas de los campesinos acondicionadas para recibir a los turistas.

En Los Samanes nos estaba esperando la familia de Richard. Richard y su mujer solicitaron un préstamo a la fundación hace un año para arreglar su casa y convertirla en una «mucuposada». Construyeron varias habitaciones con baño para los turistas, arreglaron el tejado, sustituyeron el tradicional horno de leña por una estufa y pintaron las paredes en ocre y azul. La casa construida de adobe y con tejas sigue el modelo tradicional de la región, con un pequeño porche en la entrada, una cocina comedor y un patio central que sirve para guardar los aperos de labranza.

Al llegar, descargamos los bultos y las mochilas para la expedición de cinco días e iniciamos un corto recorrido por la zona. Desde el porche de Los Samanes se divisaba una panorámica maravillosa. Nos encontrábamos a 600 metros, en el «pie de monte».

La vegetación, en esta zona cafetalera, se alterna con grandes calvas de terreno en el que pastorea el ganado y se aprovecha para cultivar maíz, fríjol y papa. El fuerte sol nos animó a darnos un chapuzón en el río Curbatí, acompañados de los hijos de Richard. Una vez refrescados regresamos a Los Samanes. Allí nos esperaba una cena «llanera»: arepas de maíz, del maíz sembrado, segado y molido en la hacienda, queso ahumado en el fogón de la cocina y una humeante y deliciosa pizca andina acompañada de guarapo de panela y deliciosos aguacates de la huerta. Tras un rato de tertulia en el porche con la familia de Richard decidimos, en vista de la excelente temperatura, colgar las hamacas en el carey y dormir al aire libre.

Un gallo muy madrugador nos sacó del letargo. Mientras Elena acompañaba a uno de los hijos de Richard a ordeñar la leche para el desayuno, nosotros aparejamos las mulas y la caballería. Después de dar cuenta de un par de huevos «criollos» y un tazón de café comenzamos el ascenso hasta la «mucuposada» de San José, a 1.400 metros de altitud. El sol llanero nos acompañó durante toda la travesía, a la que se nos unió Juan, un joven biólogo contratado por el PAT para levantar información sobre las diferentes especies de pájaros de esta zona, y que de vez en cuando se detiene y nos pasa los prismáticos para poder ver mejor algún tucán de colorido plumaje, que salta de rama en rama, o un colibrí inca extrayendo néctar de las flores.

Sudamérica es el continente de las aves. De las cerca de 9.000 especies un 33% se encuentran en este continente y de esta cifra el 44% habita en Venezuela: cerca de 1.300 especies de aves se pueden encontrar en este país. Por otra parte, la observación de aves tiene un enorme atractivo para algunos turistas, sólo en los Estados Unidos hay cerca de 20 millones de personas que tienen como hobby esta actividad, de ahí la importancia de levantar un «inventario» de aves de los diferentes circuitos y rutas ofrecidos por la fundación.

Al cabo de un par de horas paramos a reposar, beber un poco de agua y comer algunos frutos secos mientras los «baquianos», los guías de la montaña, aprovechan para reajustar la carga de las bestias. Los baquianos son hombres sobrios, acostumbrados a trabajar y a sufrir. Me viene a la cabeza la descripción que hace Rómulo Gallegos, el gran escritor venezolano de la gente del Llano: «Luchando contra la tierra, compartiendo el tasajo de carne y el trozo de yuca de su sobriedad, que sólo se regala con la taza de café y la mascada de tabaco, conformándose con el chinchorro y la cobija, punteando la bandurria, rasgueando el cuatro, cantando hasta desgañitarse por las noches, después de las rudas faenas de levantes y carretas».

LOS ANDES TROPICALES. Los Andes tropicales se encuentran entre las regiones naturales más ricas y diversas del planeta. Aquí se albergan una gran variedad de ecosistemas que comprenden desde los calientes bosques de «pie de monte» y selvas nubladas hasta los fríos páramos, punas y glaciares. Las diferentes cordilleras, pisos ecológicos, laderas, picos y valles proporcionan una multiplicidad de hábitat para un gran número de especies de plantas y animales.

En esta región se encuentra el «epicentro global de biodiversidad», con 45.000 especies de plantas, de las cuales el 44,4% son endémicas, y 3.389 especies de vertebrados(sin contar peces) con un 46,2% de endemismos.

Esta combinación de alta biodiversidad y endemismos ha hecho de los Andes Tropicales una de las regiones prioritarias para la conservación de la biodiversidad a nivel mundial. En estas regiones nacen los principales ríos de los que dependen la producción y la economía, tanto de las áreas agrícolas como de las zonas pobladas. Por el servicio de agua y otros servicios ambientales, y por los reservorios de biodiversidad, los Andes tropicales juegan un papel fundamental en el desarrollo actual y futuro de la región. Estos ecosistemas aseguran el equilibrio ecológico de gran parte de la cuenca del Orinoco y proveen de agua para el desarrollo de toda la región occidental del país.

Ahora bien, a pesar de que Venezuela es uno de los países con mayor superficie protegida del mundo (Parques Nacionales y Monumentos Naturales), con el 15,4 % de su superficie total, las regiones naturales de los Andes venezolanos, especialmente sus bosques, están siendo destruidas a un ritmo vertiginoso, 5.034 Km2 de zona forestal han desaparecido en sólo cinco años.

Una de las zonas más bellas y castigadas por la acción del hombre es el páramo andino. Los pequeños agricultores y ganaderos han ido invadiendo poco a poco esta área extendiendo sus pastos y cultivos. Desde la época colonial, el páramo siempre había sido un área destinada al pastoreo manejado de forma comunal. Existían, como existen todavía, los derechos del forraje natural conocidos como «derechos del páramo». Sin embargo, desde la constitución de los Parques Nacionales en la Cordillera de Mérida, el de Sierra Nevada en 1952 y el de la Sierra de la Culata en 1990, se han suscitado numerosos conflictos entre los agricultores y el Estado por el uso de la tierra. El Estado ha asumido que se debe limitar el uso de la tierra sólo al turismo, la recreación y la investigación.

El problema, sin embargo, no se resuelve expulsando y sancionando a los pequeños agricultores sino ofreciéndoles una alternativa económica. Lamentablemente en los años ochenta y mediados de los noventa lo que primaba entre las organizaciones conservacionistas era una política de «cercar» las áreas ecológicamente sensibles sin ninguna consideración por las comunidades y por la población que allí vivía. Por aquella época eran constantes los conflictos entre los campesinos y las autoridades encargadas de la protección de los parques naturales y áreas protegidas.

EL NEGOCIO DE LA CONSERVACIÓN. La magia de estos parajes y su importancia desde el punto de vista medioambiental persuadieron a Yves Lesenfants, biólogo belga, a instalarse definitivamente en esta región y olvidarse de la niebla centroeuropea.

Nacido en el Congo, donde vivió catorce años, viajó a Bélgica a esa edad y comenzó a estudiar medicina, que dejó al tercer año para comenzar biología en la Universidad de Lieja. Al terminar, completó sus estudios en Francia con una maestría en ecotoxicología, más concretamente en la contaminación de ecosistemas acuáticos por sustancias órgano-cloradas, es decir, pesticidas derivados del cloro. Cuando finalizó su especialización, y tras un pequeño trabajo de investigación con la Comisión Europea sobre la contaminación de los ríos europeos, decidió realizar la prestación del servicio de cooperación, un servicio civil obligatorio alternativo al servicio militar.

De su etapa africana conservaba su amor por la naturaleza, por los grandes espacios y las zonas tropicales, por lo que cuando le surgió la oportunidad de trabajar con una ONG de protección ambiental en Venezuela, no lo dudó un momento. Los puentes colgantes se suceden a lo largo del recorrido por los Andes Tropicales.

La filosofía de la Fundación PAT se basa en la creencia de que la mejor manera de conservar la biodiversidad es convertirla en un instrumento de desarrollo para la población, particularmente la población rural. En la medida en que su calidad de vida y la satisfacción de sus necesidades socioeconómicas mejoren gracias a la conservación se consolidará la decisión de preservar la naturaleza. Los seres humanos sólo conservamos lo que nos es útil y valioso.

Por esa razón, mientras no se creen incentivos económicos para conservar, será muy difícil, por no decir imposible, que las iniciativas para preservar los ecosistemas consigan resultados. Igualmente importante es generar información para los mercados, para que los consumidores pueden premiar o penalizar los comportamientos e iniciativas más respetuosos con el medio ambiente.

Pero ofrecer soluciones económicas y respetuosas con el medio ambiente no fue un descubrimiento sencillo. En sus orígenes la Fundación Programa Andes Tropicales se centró en desarrollar actividades productivas en el campo siguiendo un enfoque muy convencional.

–Impartíamos cursos de capacitación sobre manejo racional de parcelas, uso de abonos orgánicos, cultivos hidropónicos… En fin, más de lo mismo. No es que no tuviese interés, simplemente que así no generábamos grandes cambios y nosotros queríamos cuestionar la manera tradicional de hacer las cosas. En ésas estábamos, cuando un día leí algo sobre el microcrédito y pensé en la posibilidad de aplicar esta herramienta a nuestros proyectos de conservación. Uno de los problemas que teníamos era asegurar la sostenibilidad económica de los proyectos. No podíamos ir regalando el dinero a los campesinos, yase utilizara para subvencionarles la producción o para facilitar la adopción de tecnologías medioambientales más respetuosas. No podíamos porque no teníamos dinero y, además, no queríamos porque, aunque lo tuviésemos, no nos parecía un enfoque correcto. El crédito parte de una filosofía más acorde con nuestra manera de pensar, que trata de incentivar al campesino más que de regalarle la plata –me explica Yves.

La Fundación PAT ha conseguido desarrollar una tecnología específica para financiar los proyectos turísticos de los campesinos. Las solicitudes de préstamos suelen destinarse al acondicionamiento y mejora de las casas («mucuposadas»), con el fin de proporcionar servicios de alojamiento, baño y comida a los turistas, a la compra de caballos y mulas para los desplazamientos o la compra de «carpas» –tiendas de campaña– para dormir al aire libre.

El otorgamiento de los préstamos a los campesinos también sirvió para introducir cláusulas de protección medioambientales en los contratos de crédito que se firmaban. A todos los prestatarios se les exigía la construcción de pozos sépticos, una gestión más racional de los residuos, el reciclaje de materiales y el manejo de desechos sólidos y líquidos. Las asociaciones de microempresarios turísticos constituidas por la fundación se encargaban de supervisar el cumplimiento de estas condiciones.

–Pienso que uno de los factores de éxito de nuestro programa ha sido el estrecho contacto y proximidad con las comunidades. Nuestra preocupación siempre ha sido qué pasaría cuando nosotros nos fuésemos. Hemos invertido mucho tiempo en crear asociaciones y capacitar a sus miembros con la finalidad de que se apropien del proyecto una vez nos vayamos.

Nuestra manera de trabajar ha sido capacitar e irnos, evitar que dependan siempre de nosotros. Ahora bien, aunque la comunidad es la que fija las reglas del juego y la que fiscaliza y coordina las actividades, el crédito se otorga siempre a una persona, a una familia. Los negocios son personales, familiares. No creemos en las empresas comunitarias. Lo que es de todos no es de nadie. Aquí en los Andes hay gran cantidad de proyectos sin dueño que duermen la noche de los justos. En Venezuela decimos que las cosas necesitan «dolientes», es decir gente que se duela por las cosas. Del fogón comunitario no se ocupa nadie –concluye Yves.

LA HOSPITALIDAD DE LOS CAMPESINOS. Mientras desayunamos un par de huevos acompañados de requesón y las correspondientes arepas, contemplamos como Alirio, uno de los baquianos, enjalmaba las bestias con destreza. Nos esperaba una caminata de cerca de siete horas hasta alcanzar la «mucuposada» de El Carrizal, donde pasaremos la noche, para el día siguiente atacar Los Morritos, a 3.300 metros de altura, en pleno páramo andino.

Iniciamos el recorrido a pie, atravesando las hermosas selvas de montaña y varios puentes colgantes que cruzaban el caudaloso río de Nuestra Señora. Conforme nos vamos acercando a El Carrizal la vegetación va aumentando y una ligera neblina nos anuncia la proximidad del «bosque nublado». A ambos lados del sendero se levanta un muro de árboles cubiertos con líquenes. El bambú de la montaña se alterna con helechos brillantes. Flores y orquídeas de todos los colores surgen de los lugares más insólitos. La mirada no sabe ya dónde posarse embriagada por la exuberancia de especies y la riqueza del colorido.

Al caer la tarde, cansados pero con la retina llena de las preciosas imágenes de la montaña andina, llegamos a El Carrizal. Allí nos espera la familia Castillo, que también se animó por la Fundación PAT a acondicionar la antigua casona familiar y convertirla en una «mucuposada».

La casa, según el patriarca de la familia, tiene más de doscientos años y aún conserva sus tejas y baldosas de arcilla originales, quemadas en hornos cercanos. Los enormes patios interiores, los corredores y las habitaciones a los lados, recuerdan a la arquitectura colonial.

Después de ducharnos, cenamos picadillo llanero (sopa), trucha harinada y fruta de postre. Por la noche Mario nos dio a probar un poco de «miche» (aguardiente típico de los Andes) en el porche, mientras su hijo se arrancaba con el «cuatro» (guitarra de cuatro cuerdas tradicional de esta región) y nos cantaba unos boleros. La familia Guerrero lleva viviendo en esta rincón perdido de los Andes desde hace tres generaciones. Los caseríos más cercanos se encuentran amás de seis horas de camino, pero Mario y su familia se sientes felices en estos valles perdidos.

Los baquianos son los guías de la montaña, sin cuya compañía nadie se aventura por estas regiones.Fue, precisamente, recorriendo estos parajes y hablando con sus pobladores donde Yves descubrió el enorme potencial que podían tener las actividades turísticas, manejadas por los propios campesinos.

–Recorríamos las aldeas y los caseríos para identificar posibles proyectos económicos, cuando algunas familias comenzaron a solicitarnos créditos para mejorar sus viviendas y poder alojar a los turistas que venían a visitar los Parques de Sierra Nevada o La Culata, o también préstamos para comprar un caballo o una mula y hacer recorridos con los turistas. Rápidamente nos dimos cuenta de que las actividades turísticas podrían tener un potencial enorme para generar ingresos y, al mismo tiempo, convertirse en una herramienta excelente para la conservación.

La explotación turística en esta zona de los Andes está en su mayor parte en manos de empresarios de origen urbano, la mayoría pequeños propietarios de agencias de viajes, restaurantes y hosterías. No existían iniciativas comunitarias manejadas por los propios campesinos. En realidad el turista que se acercaba al páramo andino casi no tenía contacto con sus pobladores, disfrutaba de los hermosos paisajes y escenarios pero se perdía gran parte de la riqueza cultural y humana de sus habitantes. En gran parte esto se debía al predominio de ofertas de turismo «verde» que repetían la filosofía de los grupos ecologistas, se destacaban los elementos paisajísticos y se ignoraba a sus habitantes.

Para impulsar los ingresos de los campesinos la fundación tuvo que hacer un enorme esfuerzo diseñando circuitos y travesías de varios días que conectaban las «mucuposadas» de los campesinos. Además de las rutas se levantó una información que antes no existía: mapas de vegetación, inventario de aves y mucha información cartográfica que permitió la planificación de las actividades turísticas. Toda la información levantada ha sido muy útil para elaborar una «línea de base» con indicadores precisos que, en la actualidad, permite medir el impacto medioambiental de las actividades turísticas evitando el posible deterioro producido por éstas.

El turismo tiene otros resultados más difíciles de medir, pero no menos importantes.

Uno de ellos es el aumento de la autoestima de los campesinos. La recepción de turistas provoca un sano orgullo por el patrimonio cultural y paisajístico. Otro factor importante es que estas actividades son realizadas mayoritariamente por mujeres, lo cual tiene un doble interés: primero porque ofrece a las mujeres la posibilidad de tener unos ingresos económicos adicionales, diversificando el riesgo de las familias campesinas concentrado exclusivamente en los resultados de la cosecha, y segundo, porque las mujeres suelen invertir sus ganancias en las necesidades básicas de la familia, es decir en mejorar la vivienda, la educación y la salud.

SIN PANTALONES EN EL PÁRAMO. Nos cuesta partir de El Carrizal. La tranquilidad y belleza de este lugar invitan a degustarlo con más calma, pero el programa es exigente y el trecho que nos queda hasta llegar a Los Morritos, donde acamparemos, es el más largo y difícil. Cerca de ocho horas a caballo y a pie, ascendiendo la montaña hasta alcanzar los 3.300 metros.

Durante la travesía vamos dejando atrás la exhuberancia del bosque nublado con sus helechos arborescentes y cruzado por innumerables riachuelos. Poco a poco la densa vegetación va desapareciendo y dando paso a pequeños arbustos que se asemejan a bonsáis japoneses. La aparición de los frailejones, una variedad de cactus, nos anuncian que ya hemos llegado al páramo andino.

Una lluvia fina nos va acompañando al final de la jornada. La travesía de este trecho se hace costosa por la altura, con frecuencia tenemos que pararnos a descansar y beber un poco de agua. Nuestros guías nos comentan que ya queda poco, pero nos damos cuenta que es una estrategia para animarnos a seguir adelante.

Cuando por fin avistamos el cerro de Los Morritos, aunque exhaustos, apretamos el paso con la esperanza de descansar y resguardarnos del frío y de la lluvia.

Aunque nos toque descansar en un establo, el lugar y la sopa caliente que nos tomamos nos saben a gloria después de la larga caminata. Apuramos la cena y caemos rendidos en lo sacos de dormir, no sin antes dejar los pantalones ensopados colgados cerca de la lumbre.

–¡No tiene ni pizca de gracia! La belleza del paisaje y la quietud del escenario no parecían causar ningún efecto en Guillermo, que estaba a punto de morir asfixiado. Su malestar estaba justificado. Si siempre resulta embarazoso perder los pantalones, esa pérdida resulta especialmente dolorosa a 3.500 metros de altura, después de una caminata de cuatro días y tras pernoctar en un establo.

Por mucho que Guillermo intentase meter la panza y nosotros tirásemos hacía arriba de la prenda, la distancia seguía siendo infinita. La prueba definitiva para ponerse unos pantalones es la cremallera. Resulta sencillo introducir las piernas. Eso no fue un problema para Guillermo. ¡Amigo, pero la cremallera! Ahí estaba, sin moverse, en el mismo sitio, sin ceder un milímetro, abierta, sonriendo la muy canalla.

Gracias a Dios, al cabo de unos minutos se resolvió el misterio. Daniel, uno de los baquianos, entró en el chamizo agarrándose su pantalón por la cintura para evitar que se le cayese. Guillermo lo miro desde el suelo y sin mediar palabra se intercambiaron entre los dos las prendas equivocadas, mientras Yves y yo salíamos corriendo de la choza sin poder ya contenernos.

POR JAVIER MARTÍN CAVANNA
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