Pasajeros de la vida loca

HAZ15 abril 2010

Después de catorce horas de vuelo, incluida la escala en Costa Rica para tomar el vuelo a San Salvador, lo que deseaba era llegar cuanto antes al hotel, deshacer la maleta y dormir un poco. Rudy, así se llamaba el taxista, me puso rápidamente al día sobre el tema que me había traído a El Salvador.

En los cerca de cuarenta minutos que duró el viaje, me habló sin interrupción sobre el fenómeno de las «maras», las pandillas juveniles.

Un problema que no parece tener una fácil solución y que, poco a poco, se va extendiendo como una mancha de aceite por todas las urbes de Latinoamérica. La violencia es, para muchos expertos, el principal reto que enfrenta América Latina en las próximas décadas. La pobreza y la desigualdad han terminado por engendrar una criatura todavía más deforme y peligrosa. Cada año miles de jóvenes, procedentes de familias desestructuradas, sin oportunidades de empleo, seducidos por «la vida loca» ingresan en las «maras». Y lo que ahora parece estar en juego no es sólo la seguridad ciudadana, como apuntan algunos, sino la propia supervivencia de un sistema que se ve incapaz de afrontar un fenómeno que hace tiempo que se le fue de las manos, si es que alguna vez lo tuvo bajo control.

Rudy resultó ser una fuente de información extraordinaria. Él nunca perteneció a las «maras», pero sí su hermano mayor, que desde hace un año se encuentra en el centro penal de máxima seguridad de Zacatecoluca. Fue condenado a 35 años de prisión por numerosos delitos, entre ellos un asesinato. Aunque Rudy nunca «brincó» –ingresó en una pandilla–, cuenta por docenas sus amigos y conocidos fallecidos por ajustes de cuentas entre las bandas. Incluso llego a tener una novia «marera», pero no le duro mucho la «relación».

–Siempre ha habido delincuencia, pero desde que entró en vigor la política de Estados Unidos, que está deportando a los delincuentes a sus países de origen, la situación ha empeorado mucho. Cada semana llegan al país dos aviones con cerca de 70 pasajeros deportados– me comenta mientras conduce.

–Cuéntame, ¿cómo es que tú, a diferencia de tu hermano, viviendo en ese ambiente no «brincastes»? –Gracias a una profesora del colegio.

Ella me animó a no dejar los estudios. Pero estuve cerca. No es fácil quedarse al margen.

Cuando los «amigos» me jaleaban para brincar, la excusa que les daba era que tenía que ocuparme de mis «viejos». ¿Drogas? Las he probado todas, durante poco tiempo, pero todas; la marihuana, la coca, el crak, que se fuma en unas pipas metálicas utilizando las antenas de los coches, o quemando el «diente» –la pastilla– en un bote metálico de cerveza y aspirando. También probé el pegamento y el disolvente. Un día estuve aspirando pegamento toda una mañana, al día siguiente tenía los pulmones machacados. Gracias a Dios, todo eso ya lo he dejado. Hoy estoy casado, tengo dos chicos y un buen empleo, todo eso quedó atrás.

En Centroamérica y, de manera particular en El Salvador, las leyes contra las «maras» y el pandillismo se suceden prácticamente cada dos o tres años, sin que hasta el momento hayan aportado solución al problema. A la Ley Mano Dura del presidente Flórez, le siguió la Ley Súper Mano Dura del actual presidente Saca. El balance, sin embargo, no puede ser más desalentador; mientras en el año 99 el porcentaje de homicidios diarios era de 6,6 en la actualidad esta cifra se acerca a los once homicidios por día.

En cuanto a las cifras de pandilleros, se manejan datos extraoficiales que van desde los 10.000 hasta los 35.000 jóvenes. Las autoridades policiales estiman que durante el Plan Mano Dura, implementado entre julio de 2003 y junio de 2004, se ficharon 10.500 pandilleros mayores de edad. Pero para muchos expertos, el Plan Mano Dura y Súper Mano Dura lo único que parece haber conseguido es aumentar la población de los centros penales, que en la actualidad se encuentran atestados. Y lo que es peor, gran parte de las órdenes para ejecutar delitos proceden de las mismas prisiones, desde donde los líderes dirigen a golpe de «celular» la organización. El mismo Rudy me confiesa que mensualmente envía a su hermano tarjetas de prepago, que éste revende a sus colegas.

–Los celulares son como los ojos de los «mareros», con ellos controlan lo que pasa en su territorio. Con ellos pueden dar órdenes y acordar extorsiones.

A lo largo de estos días una de las frases más repetidas que escucharé es que: «El problema de las «maras» es un asunto complejo y difícil, para el que no existe una solución simple». ¿Acaso las cuestiones sociales tienen una receta sencilla? Todo el mundo hablaba de los pandilleros, pero tenía la sensación de que muy pocos hablaban con los pandilleros. Entre esos pocos se encontraba la gente de Moje, una organización salvadoreña que lleva trabajando más de diez años con las «maras» en Ilobasco, una pequeña ciudad a hora y media de El Salvador, y hacía allí encaminé mis pasos.

ILOBASCO, EL PUEBLO DE LOS ARTESANOS. El municipio de Ilobasco se encuentra a 54 kilómetros de la capital, en el departamento de Cabañas, en la zona Paracentral del país. La ciudad, que se extiende por un terreno abrupto, cuenta con una plaza arbolada en la que se encuentra la iglesia principal y la alcaldía. Sus calles, empedradas y flanqueadas por casas de adobe repechadas con cemento, son recorridas diariamente por unos simpáticos mototaxis que transportan a los lugareños de un extremo a otro por 70 centavos de dólar.

Como muchos pueblos y ciudades de El Salvador, Ilobasco recibió durante las décadas de los ochenta y noventa una gran cantidad de personas refugiadas, procedentes de poblados cercanos que huían de la guerra civil, que comenzó en 1980 y finalizó con los Acuerdos de Paz en 1992. Fue uno de los conflictos más sangrientos en la historia del continente.

Se estima que dejó un saldo de 85.000 muertos, la mayoría civiles. Si se tiene en cuenta que en los años ochenta la población de El Salvador era alrededor de 4,5 millones de personas, eso equivale a decir que cerca del 2% de la población murió a causa del conflicto.

El crecimiento de la población en Ilobasco, causado por la guerra, tuvo como resultado el nacimiento de asentamientos urbanos carentes de los servicios básicos de saneamiento, agua, luz y vivienda digna. La mayoría de los pandilleros han crecido en estas colonias marginales, privados de oportunidades, en familias desmembradas, sin padre conocido y sin un futuro claro. En los noventa comenzaron a aparecer en Ilobasco las primeras manifestaciones de violencia juvenil.

En el año 1996 más de 1.000 jóvenes estaban involucrados directa o indirectamente en las pandillas, y durante 1998 más de 50 jóvenes fallecieron como resultado de la violencia, prácticamente uno cada semana. Esto situó a Ilobasco entre los diez municipios más violentos de los 262 municipios del país. Precisamente en esos años nació la Asociación Moje, Movimiento de Jóvenes Encuentristas, impulsada por el padre salesiano Juan Francisco, párroco de la iglesia del Calvario.

El origen de la asociación está vinculado a un grupo de matrimonios encargados de la pastoral juvenil.

EL ORIGEN DE LAS MARAS. El término «mara» significa grupo de amigos. No tiene una connotación peyorativa. El nombre, sin embargo, se ha hecho famoso por designar a las pandillas o bandas que se originaron en California por los «chicanos» y salvadoreños para defender su identidad y territorio, y finalmente terminaron involucrándose en actos delictivos. Los delincuentes, deportados de los Estados Unidos, al llegar a El Salvador reprodujeron el sistema de pandillas creado en la Baja California.

Existen principalmente dos grandes grupos que, a su vez, se dividen en subgrupos o «clicas». La «Mara Salvatrucha» o «MS 13» se formó en las escuelas y calles en las que los inmigrantes salvadoreños tenían que competir con otros grupos étnicos, en especial con los «chicanos». Esta «mara» está formada predominantemente por salvadoreños y unos pocos guatemaltecos. El nombre, según algunos, responde al siguiente significado: «Mara porque somos un grupo de amigos y así se dice en El Salvador; salva porque somos guanacos y truchos porque tenemos que estar siempre alerta».

Casi la totalidad de lo que “brincan” en las “maras”, al justificar su decisión, suelen mencionar que nacieron en una familia desestructurada marcada por la violencia.

Otros dicen que «salva» procede de «salvar la vida», y lo de trucha hace referencia al hecho de que al igual que las truchas para desovar emigran contra corriente de sur a norte, los salvadoreños, a raíz del conflicto armado, han emigrado al norte para salvar su vida y su «raza». El 13, al parecer, hace alusión a la Mexican Mafia, por ser la M la decimotercera letra del abecedario, exceptuando las letras ch y ll, que no figuran en el alfabeto inglés. Esta organización controla las cárceles del sur de California; casi todas las pandillas que operan allí se identifican con este número. Para los jóvenes salvadoreños inmigrantes, la Mara Salvatrucha o MS fue y es su escudo de defensa, y también una forma de hacer valer su orgullo patriótico.

El Barrio Dieciocho o la 18 Street es una «mara» que tiene origen chicano y está compuesta por jóvenes de diversas nacionalidades, por lo que se la conoce también con el nombre de la «Internacional». Los salvadoreños que vivían en barrios controlados por la Dieciocho se unieron a esta pandilla para ser protegidos frente a otras bandas.

La Mara Salvatrucha y el Barrio Dieciocho mantienen una guerra declarada.

BRINCANDO EN LA PANDILLA. El ingreso en las «maras» suele producirse en el periodo de la adolescencia y preadolescencia, que constituye el momento en el que surgen los conflictos y se desarrolla la personalidad.

Casi la totalidad de los que «brincan» en las «maras», al justificar su decisión, suelen mencionar que nacieron en una familia desestructurada marcada por la violencia.

Los miembros de las pandillas –quienes por las influencias de los jóvenes deportados se llaman a sí mismos Homeboys o homies– mantienen un trato entre ellos muy intenso. Se reúnen a diario y ocupan prácticamente la totalidad de su tiempo en torno a aquello que consideran más importante: su territorio, su orgullo de pertenecer a una «mara», a un barrio. Su principal escenario de encuentro lo constituye la calle: las esquinas, los rincones, los parques de las colonias.

Su actividad diaria se reduce a salir a «pesear» –pedir monedas a los transeúntes para la comida, generalmente organizada colectivamente–, ingerir drogas, provocar o defenderse de la otra pandilla enemiga y organizar los robos para conseguir dinero.

El lenguaje de las pandillas se caracteriza por ser predominantemente no verbal y cargado de simbolismos: señas utilizando las manos, vestimentas características, tatuajes, graffiti, poesías, etc. Estos códigos de comunicación no verbal, son muy usados en presencia de extraños a la «mara» y en momentos de peligro o amenaza. Existen señales que representan a cada «mara» y sirven para «rifar la mara» o «rifar el barrio», o sea indicar la pertenencia a una determinada «mara». Independientemente de la «mara» a la que pertenezcan, poseen un estilo peculiar de vestirse y de desenvolverse, una moda que los identifica como los Pasajeros de la Vida Loca. Se visten «tumbados», es decir con pantalones flojos, generalmente tres tallas más de las que les corresponden, sujetos con cinturones también más grandes, las camisetas o camisas son amplias y, casi siempre, las usan fuera del pantalón. Al caminar van generalmente de prisa y con un paso rítmico, siempre pendientes de lo que sucede a su alrededor.

Su actividad diaria se reduce a salir a “pesear”, -pedir monedas para la comida -, ingerir drogas, provocar o defenderse de la otra pandilla enemiga y organizarlos robos para conseguir dinero

ROSARIO. Me reúno con Rosario en el taller de Moje. Es pequeña, con el cabello muy negro y rizado. Cuando llegó me la encuentro en el suelo, descalza, vestida con un pantalón tipo pirata de color blanco, una camisa azul y un pañuelo rojo al cuello, con un pincel en la mano y rodeada de botes de pintura.

Me recuerda esas imágenes de algunos pintores modernos, a gatas y en estado de trance mientras embadurnan el lienzo en el suelo. Al saludarla me mira desde abajo, sonríe y me extiende su antebrazo a modo de saludo para evitar mancharme con la pintura. Rosario fue miembro de la mara MS. Actualmente trabaja en el taller de Moje y termina sus estudios de bachillerato.

–¿Qué haces? –pregunto.

–Estoy pintado unas «fachadas» para una exposición que tenemos en El Salvador el próximo fin de semana.

Las «fachadas» son un producto de artesanía elaborado con madera en los talleres de Moje que reproduce en relieve las fachadas de las casas.

–Tú dirás–. Me sonríe divertida, después de limpiarse las manos con un trapo y acercar unas banquetas.

–Rosario, estoy escribiendo un libro en el que trato el tema de las maras. Me gustaría mucho conocer tu experiencia. ¿Cómo es la vida de una mujer en este mundo?

–Bueno, decir que mi vida ha sido buena sería faltar a la verdad. Hoy es distinto, pero cuando brinqué era muy diferente. Éramos seis hermanos, cuatro hembras y dos varones.

Durante mi infancia no me dejaban salir de casa y me maltrataban mucho. Llegó un momento, a los quince años, que decidí huir de casa, irme a la calle, meterme en las pandillas. Brinqué en la MS. Fue duro, vivía en la calle, tomaba drogas, mi familia no me recibía. Anduve con un compañero que me maltrataba. Lo metieron preso y al salir del penal me violó. Apenas me dejaba salir de casa. Salí embarazada de esa persona.

No aguantaba más los golpes y me fui del barrio, a la ciudad de Santa Ana, a criar a mi hija, no quería que viviese en ese ambiente. El problema entonces fue cómo conseguir trabajo, porque, como tú sabes, nadie da trabajo a una pandillera. Regresé a Ilobasco, con mi familia, pero la gente aquí también me discriminaba, hasta que vino Moje a interesarse por nosotros. Moje nos puso un taller de serigrafía en la colonia.

Allí aprendí a pintar «fachadas». Así me gano la vida.

–Dime, Rosario, ¿por qué entra la gente en las pandillas?

–En mi caso por el maltrato en la familia, me sentía humillada. Y me dije, mejor aguanto los golpes de otro y no de mi propia familia.

–¿Cómo entra una mujer en la pandilla? ¿Debe ser difícil?

–Bueno, para brincar hay un ritual que consiste en darle a uno duro durante trece segundos, eso mismo hicieron conmigo. También hay un ritual para salir.

–¿Cuál es? ¿Yo pensaba que era muy difícil salir?

–Al salir te golpean también fuerte, pero por más tiempo, durante 26 segundos, hasta que la persona queda tendida. Por eso se dice que es difícil, porque algunos quedan vivos y otros muertos. Cuando sales de la pandilla se considera una traición y te buscan para matarte porque piensan que puedes pasarle información a otra pandilla rival o, como se dice en lenguaje de la mara, «cagarle el palo». Pero ahora en Moje es diferente.

Me he superado mucho, tengo un trabajo. Moje nos ayuda a valorarnos como personas, nos recuerda que no debemos tenernos en menos. Que uno ande en malos pasos no quiere decir que sea menos. ¿No? Cada uno sabe por qué esta ahí, la vida es difícil, no se debe juzgar.

–¿Por qué os tatuáis?

–Es como llevar el nombre de la pandilla en que uno anda, nadie esta obligado a tatuarse, cada uno se tatúa si quiere y se hace lo que quiere. Yo en mi caso me hice el MS 13. Se tatúa para significarse con la pandilla.

Pero hay muchos que no se tatúan. Yo hubiera preferido dejarme el tatuaje a tener el brazo como lo tengo ahora –me comenta mientras se sube la manga y me muestra la costra quemada que le dejó la operación para quitárselo. Es más difícil borrarlo con los años, porque la tinta se va metiendo en la piel.

–Rosa, muchos de vosotros mencionáis la formación humana y espiritual que habéis recibido. ¿Tú piensas que las creencias influyen en vuestro cambio?

–Es lo único que me ayuda. Bueno las oportunidades influyen mucho, pero lo más principal es Dios, aunque son muchos los que no creen en Dios. A mí lo que me hizo cambiar fue mi familia, mi hija.

También pensar que no tenía futuro. ¡Ah, y la muerte! Prácticamente todos mis compañeros están muertos, sólo el jefe está en el penal y dos emigraron a los Estados Unidos, el resto está muerto. Éramos como treinta.

A mí me toco velar a casi todos. Hicimos un mural con los muertos de mi colonia. Cerca de cincuenta. ¡Puya, eso no es vida! Me despido. La misma sonrisa divertida mientras me da la mano. No puedo negar que me atrae. Muestra la herida de su brazo con la misma naturalidad que cuenta las cicatrices que los años le han ido dejando en el alma. Hay una enorme dignidad en la confesión de su vida, no hay victimismos ni lamentos: «Lo hecho, hecho está, ahora hay que mirar palante». Antes de irme consigo «robarle» una foto, agachada en el suelo mientras mezcla de nuevo los colores, profundamente concentrada.

LA GRAN PREGUNTA. Las semanas han transcurrido con mucha rapidez. Me voy con el corazón preñado de dramas humanos que hablan de luchas con mayúsculas, encrucijadas entre el bien y el mal, ¿acaso hay otras? Conforme vuelva a escuchar en la grabadora esas confesiones, los sentimientos, antes contenidos, se irán derramando.

Son tres días, en los que escribo sin parar y apenas salgo para tomar un bocado, acercarme a una iglesia cercana y recoger el último testimonio de Rosa.

Rosa Margarita Perla llega puntual a la cita en Biggest, una cadena de hamburguesas muy conocida en la ciudad, frente a la Universidad Central de San Salvador. Al saludarme me fijo en la prótesis que lleva en la mano izquierda.

–¿Qué te ocurrió? –le pregunto antes de comenzar.

–Un accidente de coche. Tenía ocho añitos y cuando me atropellaron estaba más preocupada por mi vestido nuevo que por el brazo –me comenta sonriendo.

Rosa lleva trabajando varios años en Crispas, una organización que atiende a los pandilleros en las cárceles. Durante la conversación Rosa me comenta que «la única alternativa para trabajar con los pandilleros reclusos es apoyarse en las organizaciones que ellos mismos crean en los penales». Su estrategia es muy parecida a la de Moje, tratan de identificar a los líderes, «los que tienen un poco más de cabeza, no sólo estómago», y encauzar los valores positivos que tienen, sus capacidades artísticas. Comienzan con charlas sobre los derechos humanos, recordando a los pandilleros que el hecho de que hayan cometido un delito no significa que pierdan su dignidad de personas.

–Esto es muy importante porque se empiezan a reconocer como seres humanos, a veces cómo víctimas de un sistema en el que se les niegan los derechos mínimos.

Pues bien, cuando ya son conscientes de sus derechos entonces les enfrentamos directamente con sus responsabilidades: «¿Qué estáis haciendo para cambiar la sociedad? Si, tú fuiste víctima, es posible, pero eso no justifica tu delito». El nuestro no es un trabajo sencillo. La mayoría de los funcionarios de las instituciones penitenciarias no nos ven con buenos ojos. Cuando hablamos a los pandilleros de derechos humanos, nos preguntan por qué andamos hablándoles de esas pendejadas. Nos acusan de comunistas, de ser amigos de los delincuentes, etc. A los pandilleros se les trata muy duro, peor que a cualquier delincuente. Muy poca gente cree en la posibilidad de reinserción.

–Rosa, ¿en tu opinión que habría que hacer? Ante un problema de esta magnitud, ¿por dónde empezar?, ¿cuál es la prioridad?

–El nivel de violencia en este país es muy alto. Ya no es suficiente ofrecer oportunidades de trabajo, es necesario trabajar el tema de la reconciliación, hay mucha gente afectada, dañada, que nace con deudas de sangre y con deseos de venganza. A veces a una le entran ganas de salir corriendo del país. Primero por la situación política, está muy polarizada, no sólo entre derechas e izquierdas, sino entre grupos del mismo signo político; segundo porque estás en medio de los dos bandos y recibes palos de todas partes, y tercero, ¡pucha!, porque también te indigna lo que estos «bichos» [los pandilleros] hacen. El problema es ¿cómo se trabaja cuando se ha generado esta cultura de la violencia? ¿Educación? Sí. ¿Oportunidades de trabajo? Por supuesto.

Pero sobre todo hay que sanar las heridas y ser concientes de que este tema llevará más de una generación. Necesitamos ser pacientes, llevará tiempo resolver este problema.

Pero la verdadera pregunta que tenemos que atrevernos a contestar es otra.

–¿Cuál es, Rosa? –pregunto.

–La cuestión es si seremos verdaderamente capaces de perdonar. Hay que ser muy valientes para perdonar. ¿Estamos dispuestos?

POR JAVIER MARTÍN CAVANNA
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