Liebre por gato

HAZ1 enero 2009

No es preciso haber obtenido un doctorado en matemáticas por Berkeley para concluir que el balance de lo que la Iglesia recibe y lo que da está claramente descompensado.

Con independencia de la carga demagógica que pueda derivarse de comparar los veinte millones destinados el pasado año a la cúpula de Barceló y los dieciocho concedidos a Cáritas, es difícil negar la primera premisa: la Iglesia católica es hoy por hoy la institución que más y mejor contribuye a la cohesión social en nuestro país. Más de dos millones de personas (enfermos, discapacitados, madres solteras, enfermos de sida, inmigrantes sin empleo, leprosos, etc.) son atendidas anualmente en los distintos centros de la Iglesia; tres mil millones de euros economiza el Estado cada año en actividades educativas gracias a los menores costes de las plazas escolares de los colegios concertados de la Iglesia comparados con los costes de los colegios públicos; la labor asistencial de los diferentes centros (hospitales, orfanatos, dispensarios, centros de acogida de madres solteras, ambulatorios, guarderías, centros de educación especial, centros de apoyo a inmigrantes, reclusos, indigentes, comedores, etc.) atendidos por la Iglesia católica está valorada en más de veinte mil millones de euros.

ES INNEGABLE EL COMPROMISO DE LA IGLESIA CON LOS MÁS NECESITADOS. Sin embargo ese compromiso no está siendo «compensado» debidamente. De acuerdo con los datos suministrados por la Conferencia Episcopal Española (CEE), lo que la Iglesia católica recibe en concepto de limosnas apenas llega a los 300 millones de euros; si a esa cantidad le sumamos el 0,5% procedente de la asignación tributaria la cifra se eleva 150 millones más, es decir un total de 450 millones de euros.

Esta contribución resulta a todas luces insuficiente si se compara con el esfuerzo que realiza la Iglesia. El origen de este desequilibrio se encuentra en parte en el sistema de financiación negociado en su día entre la Iglesia y el Estado. Ni el principio de prudencia política, ni una caridad mal entendida pueden explicar por qué la Iglesia católica se vio obligada a aceptar, a la hora de negociar la contribución del Estado al sostenimiento de sus actividades, unas condiciones tan poco equitativas. Los ejemplos de Italia, en donde el Estado destina un 0,8% de la renta personal a las diferentes confesiones religiosas, y Alemania, en el que existe un impuesto religioso del 9% sobre cada ciudadano que se declara creyente, muestran el reconocimiento a la significativa contribución de la Iglesia a la cohesión social.

NO ESTAMOS DEFENDIENDO que la Iglesia católica adopte formas de negociar propias de un comerciante, pero sí que sepa comunicar mejor lo que hace y exigir sin complejos y rubores lo que en justicia le corresponde. El reciente aumento de la asignación al 0,7% por parte del Gobierno no debe interpretarse como una graciosa liberalidad, sino como el reconocimiento debido a una realidad negada durante muchos años. Hoy por hoy, la Iglesia católica es la institución que más servicios sociales presta. A todos los mencionados anteriormente, se han de añadir los derivados de la atención a sus fieles: más de ocho millones de personas asisten cada domingo al servicio religioso; 320.000 familias solicitan cada año bautizar a sus niños; cerca de 120.000 parejas solicitan contraer matrimonio canónico; 280.000 niños y jóvenes reciben la primera comunión.

Todas éstas son demandas legítimas de ciudadanos, que pagan impuestos y sostienen al aparato del Estado. Estas cifras, mejor que cualquier argumento, justifican la obligación de ayudar económicamente a la institución que presta esos servicios.

SI ITALIA Y ALEMANIA PUEDEN SERVIR DE EJEMPLO en lo que atañe al sistema y condiciones de la asignación tributaria a la Iglesia, los Estados Unidos son un referente en el campo de las aportaciones voluntarias de los fieles. Es posible que la generosidad de los americanos deba mucho al régimen tributario tan favorable que tienen las donaciones en ese país, pero ese factor no explica por sí solo las diferencias con nuestras paupérrimas aportaciones. Los ciudadanos de Estados Unidos destinan un 2,7% de su renta personal a las diferentes confesiones religiosas mientras los españoles sólo un 0,04%. La Iglesia católica americana recauda mucho porque está acostumbrada a pedir a sus feligreses, pero también porque informa con transparencia de lo que recibe y del destino de sus fondos. Obtener los recursos necesarios es una tarea técnicamente compleja, que se vuelve angustiosa si no se solicitan de forma adecuada.

ES ADMIRABLE CONFIAR EN LA PROVIDENCIA, pero los Padres de la Iglesia ya recordaban la conveniencia de poner los medios naturales como si los sobrenaturales no existiesen. La Iglesia católica española debe pedir con convicción, pues siempre ha dado «liebre por gato», pero solicitar fondos conlleva también la responsabilidad de administrarlos con eficiencia y rendir cuenta de los mismos. Se trata, simplemente, de aplicarse la parábola de los talentos.

JAVIER MARTÍN CAVANNA, PRESIDENTE EDITOR

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