Envejecer en una vivienda colaborativa, una opción saludable con algún reto pendiente - Revista Haz

Envejecer en una vivienda colaborativa, una opción saludable con algún reto pendiente

Hace veinte años que la cooperativa Los Milagros levantó en Málaga el primer ‘cohousing senior’ de España. Hoy hay 13 proyectos funcionando y otros 20 en construcción (algunos con apoyo público), iniciativas de convivencia autogestionada que proporcionan autonomía, seguridad y autoestima. Eso sí, no es una solución para todas las personas ni para todos los bolsillos.

Subiendo por la ladera de uno de los montes de la ciudad de Málaga nos encontramos con la fachada escalonada y los verdes toldos del residencial Santa Clara.

También con muchas de las 125 personas que allí viven, todas socias de la cooperativa Los Milagros, que acaba de cumplir 30 años. Unos se dedican a cuidar el huerto ecológico; otros aprietan el paso para llegar a su cita con el fisioterapeuta en el gimnasio.

También los hay que se sientan en el butacón de la peluquería pensando en un nuevo look; los que atienden al profesor que les enseña a manejarse con una tablet; o los que, sencillamente, se van a dar un paseo, planificando animosamente su próxima visita en autobús a la ciudad de Málaga.

Es raro encontrar alguno que baje de los 70 años y todos parecen tener una calidad de vida envidiable frente al mar.

Viven en el que está considerado el primer cohousing senior de España, una residencia para personas mayores diseñada bajo la fórmula de vivienda colaborativa en régimen de cooperativa.

Es decir, una especie de comunidad de vecinos, con pisos individuales para cada persona o pareja y zonas comunes con determinados servicios de atención médica, cuidado y ocio, que se deciden desde la cooperativa y trabajando de forma colaborativa entre todos los socios.

Para considerarlos como tal, deben cumplir con cinco rasgos clave, según Inmaculada Heras, trabajadora social en el Ayuntamiento de Andújar (Jaén) y doctoranda del Programa de Cuidados Integrales y Servicios de Salud de la Universidad de Jaén, teniendo como objeto de estudio para la tesis doctoral el cohousing senior.

Estos rasgos son los siguientes: participación, autogestión, diseño intencional, autogobierno y economía individual.

Algo que tiene muchos beneficios para la salud. “Hay demostración empírica de que hay mayor bienestar y calidad de vida en entornos que proveen de apoyo y contribución social, donde se puede obtener un mayor sentido de pertenencia a la comunidad y sentido de vida”, asegura Javier del Monte, arquitecto, gerontólogo y miembro del grupo de liderazgo de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG).

Según su experiencia, vivir en comunidad reduce la morbilidad (pone como ejemplo un estudio longitudinal de varias décadas que demostró que la vida comunitaria reducía enfermedades cardíacas).

“Lo más importante es que fomenta la autonomía personal, la capacidad de decidir. Porque es gracias al soporte de una comunidad de apoyo cómo la persona puede seguir teniendo el control de su vida, desarrollando su proyecto vital”, afirma.

A todo ello se añaden los beneficios que aportan a sus entornos más cercanos, especialmente a los que se asientan en entornos rurales.

“Este modelo puede atraer a personas interesadas de otros lugares, y también a jóvenes en busca de una oportunidad laboral, incrementando el padrón municipal y manteniendo las ventajas que conlleva frenar la despoblación y sus consecuencias”, considera Heras.

Soluciones a problemas actuales

Esta modalidad es un punto de apoyo más a los problemas que suele acarrear el envejecimiento.

Por un lado, para las arcas públicas en materia de seguridad social: pensiones, sanidad, dependencia, etc. Por otro, social y psicológico para aquellos que, al llegar a un punto determinado de su vida, se van quedando solos y sin ayudas.

Según datos de 2020 del Instituto Nacional de Estadística (INE), de los casi 4,9 millones de personas que viven solas en España, el 43% tiene más de 65 años, una tendencia que la pandemia ha impulsado hacia arriba, especialmente entre las mujeres.

Aproximadamente son 2,1 millones de personas mayores de esta edad las que viven solas, algo que se suma al hecho de que a partir de los 70 años crecen las posibilidades de padecer algún tipo de dependencia.

¿Qué opciones de cuidado aparecen cuando llega este momento? Para los que no cuentan con el apoyo familiar, las soluciones clásicas son dos: o contactar con cuidadores especializados para que acudan al propio domicilio o buscar una residencia.

Lo cual, tampoco es fácil, puesto que, según la Plataforma de Organizaciones de Familiares y Usuarias de Residencias, en la actualidad hay más de 234.000 personas en lista de espera para conseguir una plaza en alguna de estas instituciones, ya sean públicas o privadas. Una cifra que, teniendo en cuenta la tendencia de aumento de personas mayores y dependientes, va a seguir creciendo en el futuro.

El cohousing senior se está convirtiendo, cada vez con más fuerza, en una tercera alternativa muy positiva.

Aunque todavía es minoritaria en nuestro país, sobre todo comparado con otros ejemplos del entorno europeo, como los países escandinavos y, más concretamente, Dinamarca, donde las iniciativas de cohousing llevan funcionando desde los años 60.

No obstante, en España aspira a tener un mayor protagonismo en un futuro no muy lejano. De hecho, está llamando la atención de algunas administraciones públicas, hasta el punto de que empiezan a aflorar normativas a nivel local y regional que tienen como fin impulsarlo, casi todas centrando el tiro en lo relacionado a la cesión de terrenos y/o a la gestión de la dependencia.

La Rioja, Asturias, Navarra y Cantabria ya tienen su regulación propia, y otras como Madrid lo tienen en su agenda.

Una nueva idea con más de 60 años

Aunque suene a nuevo, el germen de lo que es ahora el Residencial Santa Clara surgió hace más de 60 años. Una de sus promotoras, Aurora Moreno, maestra de profesión que ahora tiene más de 80 años, cuenta que se quiso embarcar en el proyecto desde muy joven, cuando iba a tocar la guitarra a los asilos de aquella época y veía la situación de soledad de los residentes.

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<p>Foto: Residencial Santa Clara.</p>

Foto: Residencial Santa Clara.

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Foto: Residencial Santa Clara.

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Foto: Residencial Santa Clara.

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<p>Foto: Residencial Santa Clara.</p>

Foto: Residencial Santa Clara.

“A mí me decían que estaban allí porque querían, pero yo me daba cuenta de que realmente estaban allí porque los habían llevado. Y ahí empecé a fraguar la idea”, comenta Moreno.

“Yo quería algo diferente para mis amigos y familiares, un sitio al que ir por decisión propia donde pudiéramos compartir experiencias, alegrías y desalientos, en un clima cordial y asistidos en nuestra senectud”, confiesa.

De esta manera, empezó a reunir a un grupo de personas de su Málaga natal que tenían ese mismo interés, para conformar una cooperativa. Entre ellos había gestores, abogados y otros profesionales liberales que, gracias a sus conocimientos, consiguieron llevar a término el proyecto.

“Era la opción que más representaba nuestro ideal: un ejemplo de iniciativa privada, que realiza la justicia distributiva como fin último, en un marco de libertad económica y de una autogestión empresarial donde los protagonistas somos los socios, siempre sin fin de lucro”, explica Moreno.

Empiezan a aflorar normativas locales y regionales para impulsar el ‘cohousing’. La Rioja, Asturias, Navarra y Cantabria ya tienen regulación, y en Madrid está agendada.

Aunque recuerda las grandes dificultades burocráticas que padecieron para poder oficializar su organización, porque ésta no encajaba en ninguna de las descripciones que se recogían en la normativa.

“Era un ente raro no contemplado por la ley” que, gracias a su labor pionera, allanó el camino para los que vinieron después.

Todos los implicados ahorraron y compraron por 20 millones de las antiguas pesetas (unos 120.000 euros) los terrenos donde se asienta el residencial, que empezó a funcionar en el 2000, muchas décadas después de esa idea primigenia.

Allí viven ahora los 125 socios de la cooperativa, que conviven en un ambiente solidario desde principios de este siglo.

Estos se reparten en 76 apartamentos de entre 50 y 60 metros cuadrados cada uno, dejando los más amplios a las personas enfermas que requieren de un cuidado constante.

En estos últimos casos, según la decisión de los socios, el 50% de los gastos de personal específico para ellos ha de ser sufragado por el paciente, y el 50% restante por el resto de los socios.

“En nuestros inicios creamos un fondo solidario para prestar ayuda económica a quienes fuesen perdiendo capacidad para realizar las actividades de la vida diaria y carecieran de medios económicos suficientes”, explica la promotora y socia de Los Milagros. Desde el pasado año, cada apartamento aporta 70 euros mensuales para este fin.

Residencial Santa Clara. Vídeo: Yoigo.

Las dificultades del cohousing

Optar a una plaza en este residencial no es apto para todos. Se requiere tener 50 años cumplidos, estar en perfecto estado de salud mediante la aportación de un certificado médico, DNI, declaración de ingresos y seguro de decesos.

Hay que aportar una cuota de entrada no reembolsable de 66.000 euros, además del pago mensual en concepto de comunidad y servicios, que ronda de media los mil euros, dependiendo de la asistencia que se solicite.

No obstante, pueden encontrarse y estructurarse opciones más asequibles en zonas rurales, como explica José Carlos Rodrigo, presidente de Habitat Colaborativo, una cooperativa dedicada a facilitar los procesos burocráticos para el desarrollo y puesta en marcha de soluciones habitacionales colaborativas.

Desde su punto de vista, este tipo de acciones pueden impulsarse desde los consistorios locales con la cesión de terrenos.

“Ceder terrenos a largo plazo y ofrecer puntos de apoyo a estos proyectos va a minimizar la aportación inicial que tienen que realizar los socios. Y, al mismo tiempo, va a revertir directamente sobre el propio municipio. Sirve para reducir listas de espera de los servicios sociales, mejorar la calidad de vida de sus habitantes y fijar a la población residente, que no se tiene que ir lejos de su pueblo cuando se hace mayor”, afirma Rodrigo.

A ello se añade también la actividad económica que genera, tanto durante la construcción del residencial como a lo largo de su funcionamiento: cuidados, comidas, limpieza, formación, etc.

“No es la panacea. Es una opción para quienes tienen ganas de liarse la manta a la cabeza y trabajar mucho, en equipo, dialogando, consensuando”.

Aunque los beneficios son muchos, en opinión de Javier del Monte, no es un modelo “para todo el mundo ni es la panacea, pero no tiene que ver con la edad, ni la discapacidad, ni el nivel socioeconómico. Es una opción para personas con ganas de liarse la manta a la cabeza y trabajar mucho, en equipo, dialogando, consensuando”.

Y, añade que “el cohousing exige implicación, corresponsabilidad, algo de formación o interés en aprender, generosidad, capacidad de escucha y compromiso por colaborar en el desarrollo del proyecto de vida de otros vecinos”.

Heras explica que este modelo no es apto para aquellas personas “celosas de su intimidad”.

Además, añade que las experiencias que no han llegado a la convivencia se han truncado por motivos como la financiación, la falta de acuerdo en el proyecto final, el largo proceso desde la formación del grupo hasta la convivencia o que se ha pretendido construir la vivienda antes que la comunidad.

“En este caso, primero tiene que existir una comunidad consolidada y después la convivencia, y ese es uno de los retos más arduos que garantizará el éxito”.

“Es fácil aglutinar a la gente alrededor de la idea, pero en cuanto hay que transformarla en proyecto, empiezan a descolgarse personas”, comenta José Carlos Rodrigo. Y no es extraño, teniendo en cuenta que, según su experiencia, entre que se pone en marcha una cooperativa hasta que el proyecto sale adelante suelen pasar de media unos 14 años.

Un ejemplo extrapolable

En cualquier caso, el modelo de la cooperativa Los Milagros se ha reproducido en varios puntos de España, sobre todo en la provincia de Málaga, donde hay ya otros tres residenciales similares funcionando: Puerto de la Luz, Valle del Azahar y Antequera 51.

A nivel nacional, hay trece residenciales con la fórmula de cohousing senior a pleno rendimiento, y más de una veintena en desarrollo, según datos de Cohousing Spain, Ecohousing y el proyecto de estudio Movicoma, promovido por la Universidad Oberta de Catalunya. Todos con una estructura similar, pero con un funcionamiento diferente, dirigido por las decisiones de los socios.

<p>Mapa de 'cohousing' en España.</p>

Mapa de 'cohousing' en España.

Uno de ellos, Convivir, localizado en el pueblo conquense de Horcajo de Santiago y en funcionamiento desde julio de 2015, ofrece la posibilidad de ocupar apartamentos libres o de socios que aún no se han incorporado como residentes a personas que no forman parte de la cooperativa.

Eso sí, por una tarifa superior y con un límite de dependencia en el momento de entrar a vivir establecido en grado dos sin deterioro cognitivo, es decir, cuando la persona necesita la ayuda de un cuidador dos o tres veces al día para realizar sus actividades básicas de la vida diaria.

Otro es Trabensol, en Torremocha de Jarama (Madrid), que tiene siempre a mano uno de sus apartamentos libres para invitar un fin de semana a personas que tienen interés en asociarse. Y, sobre todo, para aquellos asociados que quieren ir adaptándose poco a poco a la que va a ser su nueva forma de vida en el futuro.

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