La convivencia como respuesta al problema del sinhogarismo

La convivencia entre personas sin hogar y jóvenes profesionales es la respuesta que la Fundación Lázaro da al sinhogarismo. No se trata de dar techo y comida, sino de entregar amistad y la sensación de vivir en familia. El efecto es tangible y transforma positivamente a todos sus residentes.
<p>Lázaro son pisos compartidos entre personas sin hogar y jóvenes profesionales, como Bernabé y Ricardo, dos convivientes de la casa de Madrid. Foto: Fundación Lázaro.</p>

Lázaro son pisos compartidos entre personas sin hogar y jóvenes profesionales, como Bernabé y Ricardo, dos convivientes de la casa de Madrid. Foto: Fundación Lázaro.

Es domingo a la hora de comer. Tras un rico plato de origen filipino llamado pancit llega el esperado postre (helado de chocolate y nata). Ante la incertidumbre sobre si habrá helados suficientes, Susi, originario de Eslovaquia, se asegura de que yo tenga uno dándome el suyo y diciendo “que no le gusta” para evitar que se lo devuelva. Llega más helado y su cara se ilumina: “Sí, sí, yo también quiero”. Con su escaso español, pero siempre con una sonrisa, durante toda la comida ha estado pendiente de que no me quedara con hambre. Estoy en la casa que la Fundación Lázaro tiene en Madrid y comparto una comida con diez de sus residentes que son personas que han vivido en la calle -o han estado muy cerca de hacerlo- procedentes de lugares tan diversos como España, Jerusalén y la isla de Guadalupe (Francia), jóvenes profesionales voluntarios españoles y el matrimonio que gestiona la casa formado por Isabel de las Casas y Pedro Gálatas. Susi ya no vive en la casa, pero, como dice Isabel, “es de la familia”.

Lázaro son pisos compartidos entre personas sin hogar y jóvenes profesionales. La idea surgió en Francia cuando, a finales de 2005, su fundador, Étienne Villemain, hizo un retiro espiritual tras una ruptura amorosa. Los participantes en el retiro tenían que coger un papelito con el nombre de un santo que les serviría de inspiración y guía. Étienne prometió que si le tocaba la Madre Teresa haría algo por los más necesitados. ¿Adivinan quién le tocó? Tres días más tarde, él y dos amigos decidieron compartir su piso en París con personas sin hogar. Los pisos solidarios se multiplicaron y en 2011 fundó la Asociación Lázaro (fundación en España) que actualmente trabaja en Francia, Suiza, Bélgica, México y España. Desde entonces, más de 772 personas han vivido en las casas Lázaro.

La Fundación Lázaro llegó a España en 2016. De las Casas, de 55 años, originaria de Madrid y con una carrera internacional como experta en derechos humanos, fue invitada a formar parte del patronato. Por circunstancias de la vida acabó responsabilizándose del proyecto. En España tienen casa en Madrid y Barcelona, y está en proceso de apertura otra en el Puerto de Santa María, Cádiz. La Fundación Lázaro abre casas donde y cuando hay un grupo de personas voluntarias comprometidas que lo solicitan y se organizan para abrirlas. En la casa de Madrid viven actualmente 17 personas, de los cuales 10 son acogidos. En Barcelona, desde 2023, han vivido siete personas acogidas, ocho voluntarios y una familia de cuatro personas. Como afirman De las Casas y Gálatas, en Lázaro no buscan cantidad sino profundidad.

El sinhogarismo, más que números

A José Nevado, de Madrid, lo que le llevó a la calle fue la muerte de su madre. Tras ella la vida con su padre y su hermano se hizo imposible y, antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse, decidió irse. Tenía 35 años, ahora tiene 56. Desde entonces ha dormido en albergues, pisos de acogida y un banco en la Calle Santa Engracia de Madrid donde pasó cuatro meses. Lleva siete en Lázaro.

A Ricardo, o Ricky, Barajas, de Madrid, 65 años, lo llaman el influencer de la casa. Hace 40 años una mala temporada y sin trabajo le hizo coger la mochila e irse de donde estaba pensando “que sea lo que Dios quiera”. Recorrió varios lugares de España. Unas veces tenía trabajo y otras no, unas veces dormía en la calle y otras no. Gracias a los albergues a veces podía descansar y comer, pero a los tres días tenía que volverse a ir. Durante una temporada recogió fruta en Lleida y cuando terminó decidió volver a Madrid. Entró en Lázaro cuando acabó la pandemia de covid.

Luisa (nombre ficticio), de la Comunidad Valenciana, 65 años, sufrió una fuerte depresión provocada por los malos tratos por parte del padre de sus hijas. Tras 17 años aguantando el maltrato decidió irse. La depresión le dejó casi sin poder caminar, sin querer comer y la aisló, pero logró salir de ella. Cuando vino a Madrid tuvo varios trabajos, pero no siempre le pagaban. Gracias a una ayuda pública pudo alquilarse una habitación, pero un mes, por un error administrativo, no la cobró. Se fue a dormir al aeropuerto 19 días. Antes de llegar a Lázaro, hace cinco años, vivió en un piso de Cáritas al que llegó cuando se enteró de que unos ocupas le estaban cobrando la habitación que alquilaba.


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En 2022, 28.552 personas en España no tenían hogar, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). De estas, 7.277 se encontraban en la calle y el resto en centros o pisos de acogida. La Estrategia Nacional para luchar contra el sinhogarismo 2023-2030 pretende reducir en un 95% el número de personas que viven involuntariamente en la calle.

Las respuestas al sinhogarismo se centran en proveer las necesidades básicas (techo y comida) a las personas sin hogar, algo fundamental. Pero más allá de suponer un alivio temporal, estas soluciones no afrontan las causas que han llevado a esas personas a estar y continuar en la calle, y que tienen que ver con la soledad y las carencias emocionales.

Generalmente, se informa y afronta el sinhogarismo en cifras y así se sienten estas personas. “En un albergue eres un número de expediente que entras y sales y punto”, afirma Nevado. Barajas coincide. “Somos un número en todos los sitios, en el albergue y fuera de él. Lo ves cuando se habla de sinhogarismo en los periódicos. No dicen nombres, dicen números”, sostiene. El problema del sinhogarismo en gran parte se ha despersonificado.

En Lázaro entienden que el sinhogarismo no se solucionaría poseyendo todos los recursos del mundo porque el problema es de falta de humanidad, no de recursos y eso es lo que trata de dar Lázaro.

28.552
PERSONAS NO TIENEN HOGAR EN ESPAÑA

Detrás de este número hay historias personales muy diferentes relacionadas con la soledad y las carencias emocionales.

Un hogar como respuesta

La respuesta que ofrece Lázaro al sinhogarismo es muy diferente a la de los albergues y pisos de acogida. Se trata de ofrecer amistad a través de vivir juntos personas sin hogar y jóvenes profesionales. Aunque se tiende a llamar a los primeros acogidos y a los segundos voluntarios, dentro de la casa esas etiquetas desaparecen y todos son compañeros de piso. Además de estos, una familia gestiona el proyecto y vive en el mismo edificio para dar estabilidad y ser el punto de referencia al que acudir en caso de necesidad.

El actual edificio, en el barrio Alfonso XIII de Madrid, inaugurado en marzo de 2023 y alquilado por un precio solidario a unas monjas, tiene un piso para mujeres, otro para hombres, un tercero para la familia y un estudio. Cada piso tiene entre seis y ocho habitaciones, una cocina y un salón común. Además, hay zonas comunes para todos los residentes como un salón/comedor, donde una vez a la semana se hace una cena comunitaria y diferentes actividades (gimnasia, ver películas, talleres), una terraza y una capilla. Los pisos están diseñados para evitar el aislamiento y en cada uno de ellos se busca tener un número equilibrado entre acogidos y jóvenes. En cada piso hay un responsable y un tesorero que los elije la familia con carácter rotativo.

Todos los residentes pagan el alquiler de la habitación -entre 150 y 350 euros dependiendo de sus ingresos, que en el caso de los acogidos procede de ayudas por discapacidad, pre-jubilación, pensión no contributiva, el mínimo vital o ingresos por trabajo. El ingreso por las habitaciones y donaciones privadas ayudan a financiar la iniciativa, junto al hecho de que el edificio es sostenible económicamente ya que tiene placas solares y sistemas de aerotermia.

Los residentes están sometidos a las mismas normas de convivencia y obligaciones como repartirse las tareas de limpieza, comprar la comida -para lo que cada uno pone 80 euros- y cocinar. La única diferencia es que a los jóvenes se les pide rezar juntos por la mañana, fiel al origen cristiano de Lázaro. Esta oración ayuda a los jóvenes a reconectar con la misión de Lázaro y a recordarles por qué están ahí. Bernabé Villalva, canario de 32 años, profesor de publicidad en la Universidad Francisco de Vitoria y empleado en una empresa de marketing, lo ha hecho los cinco años y medio que ha vivido en la casa. A él, la oración de la mañana le aporta la profunda convicción de que, en sus palabras, “si yo estoy aquí es porque me he sentido amado por Cristo, y si me siento amado como soy, yo puedo amar a los demás también como son”.

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<p>En Lázaro entienden que el sinhogarismo es más un problema de falta de humanidad que de recursos, y eso es lo ellos tratan de dar. Foto: Fundación Lázaro.</p>

En Lázaro entienden que el sinhogarismo es más un problema de falta de humanidad que de recursos, y eso es lo ellos tratan de dar. Foto: Fundación Lázaro.

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<p>En Lázaro entienden que el sinhogarismo es más un problema de falta de humanidad que de recursos, y eso es lo ellos tratan de dar. En la imagen, José y Ricardo. Foto: Fundación Lázaro.</p>

En Lázaro entienden que el sinhogarismo es más un problema de falta de humanidad que de recursos, y eso es lo ellos tratan de dar. En la imagen, José y Ricardo. Foto: Fundación Lázaro.

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<p>Además de la tranquilidad y la estabilidad, otro efecto de estar en Lázaro es que la persona se recupera a sí misma. Foto: Fundación Lázaro.</p>

Además de la tranquilidad y la estabilidad, otro efecto de estar en Lázaro es que la persona se recupera a sí misma. Foto: Fundación Lázaro.

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<p>Además de la tranquilidad y la estabilidad, otro efecto de estar en Lázaro es que la persona se recupera a sí misma.  Foto: Mohamed y Bernabé; Fundación Lázaro.</p>

Además de la tranquilidad y la estabilidad, otro efecto de estar en Lázaro es que la persona se recupera a sí misma. Foto: Mohamed y Bernabé; Fundación Lázaro.

Entre las normas de convivencia está la prohibición de consumir alcohol y estupefacientes; la violencia verbal o física; tener televisión, e invitar a dormir a personas de fuera a la casa, aunque durante el día es un lugar de puertas abiertas. Al contrario que en los albergues y centros de acogida, no hay horarios y los residentes pueden salir y entrar cuando quieren. Eso a Nevado le da estabilidad, “en un albergue llegas a las 8:00 de la tarde y a las 8:00 de la mañana te tienes que ir, en cambio aquí no, si quieres puedes estar todo el día en casa”. Otra norma es asistir a la cena comunitaria semanal. Estas normas preservan una energía limpia, positiva, que busca la convivencia entre los residentes y la total confianza. De hecho, las habitaciones no tienen llave.

Ese ambiente también se preserva a través de la elección de los residentes. Para los residentes acogidos, la Fundación Lázaro tiene convenios de colaboración con entidades sociales que conocen a los usuarios y los derivan. Para entrar en la casa hay unos requisitos: que la persona esté en situación de exclusión extrema, que esté sola y aislada, que tenga algún tipo de ingresos, que tenga ganas de compartir, que no tenga ninguna adicción en el momento y que no tenga una enfermedad mental grave. Estos dos últimos requisitos se incluyen porque de otra manera se alteraría el equilibrio de la convivencia, siendo este equilibrio lo que busca Lázaro. A los jóvenes profesionales voluntarios se les pide que se comprometan a estar al menos un año.

Cuando pregunto a los residentes cómo es vivir aquí, todos destacan la vida comunitaria.  “Aquí nos cruzamos, hablamos, nos juntamos en las zonas comunes, estamos pendientes unos de otros, si necesitas o si te pasa cualquier cosa”, afirma Nevado. Luisa destaca de Lázaro el compartir con otras personas. En Lázaro, Barajas ha recuperado la vida en familia “y eso le cambia a uno la forma de ver la vida, porque cuando estás en la calle se pierde todo”.

Como en toda convivencia también hay dificultades. “Discutimos, nos peleamos, nos reímos y nos perdonamos” reconoce Villalva. Pero el espíritu de amistad en el día a día es lo que hace la diferencia, y lo que, como dice Villalva, hace que “lo ordinario se convierta en extraordinario”. “La amistad tiene la capacidad de resucitar a las personas”, añade.

Aunque también hay experiencias por sí mismas extraordinarias. Luisa nunca había montado en avión, y desde que está en Lázaro lo ha hecho para participar en los encuentros que Lázaro organiza en Francia. Para Barajas la mejor experiencia fue conocer en persona al Papa Francisco en Roma. “Estar cuatro horas con el Papa Francisco no lo hace cualquiera”, recuerda con emoción. Fue a raíz de la preparación de un libro publicado por la Fundación Lázaro en el que personas pobres del todo el mundo le hacen preguntas al Papa. “Luego por la noche vino a despedirse de nosotros. Que te dé él la mano, no tú a él sino él a ti, que venga a darte la mano, eso es impagable”, expresa Barajas. Los retiros también es otra de las experiencias más valoradas. “Hace dos fines de semana fuimos a Ocaña y fue precioso. Yo nunca había estado en un retiro espiritual así. Qué cosa más bonita viví”, recuerda Luisa.

“Este proyecto muestra que todos somos recuperables. La vida que han tenido algunas personas les ha desgastado tanto que no van a poder volver a trabajar, pero su identidad como personas, la alegría, el cariño, la ilusión, la confianza en sí mismos, eso sí que es recuperable”, Isabel de las Casas.

Recuperarse a sí mismo

Para Barajas la experiencia de vivir en Lázaro ha sido la mejor de su vida. “Cuando estás en la calle no tienes la vida plena, aquí sí”, lo que para él significa tener la vida tranquila.

Además de la tranquilidad y la estabilidad, otro efecto de estar en Lázaro es que la persona se recupera a sí misma. “Cuando entras en Lázaro notas que aquí hay algo diferente. Eso poco a poco se va metiendo en ti, te va entrando esa energía en el cuerpo”, dice Barajas. Lo que acaba ocurriendo, explica, es que te recuperas a ti mismo, reconectas con eso que estaba dentro de ti pero que por circunstancias de la vida se había quedado aparcado. “Yo he recuperado la sonrisa. Ahora me tomo la vida con más humor. Cuando estás en la calle no tienes humor para nada”, afirma.

Esta experiencia es compartida por otros residentes como indica la encuesta anual a través de la que la Fundación Lázaro mide su impacto. Según esta, contestada por 35 personas entre residentes y personas externas que asisten a sus actividades, el 100% de los residentes se siente más útil. De hecho, el 90% de los residentes tiene proyectos profesionales y/o personales que no tenían antes. Y es que el 100% de los residentes afirma conocer mejor sus fortalezas y debilidades, y tener nuevos amigos gracias a Lázaro.

Aunque ayudar a las personas sin hogar a buscar empleo no es un objetivo de Lázaro, el 40% de los residentes con edad y capacidad de trabajar vuelven a activarse o a formarse. Este dato demuestra que una vez que las carencias emocionales se han cubierto, la persona se siente más capaz de rehacer su vida.

Una parte importante de recuperarse a uno mismo es recobrar la capacidad de dar. Lázaro ofrece la oportunidad a todos sus residentes de darse a los demás, de ser querido y de querer. En este sentido, Nerea, 26 años, profesora en un colegio, recuerda el cariño con el que celebraron su cumpleaños nada más mudarse a la casa sin que apenas la conocieran sus compañeros. Villalva no olvida cuando cogió un covid persistente durante la pandemia y tuvo que estar aislado un mes en su habitación. “Mis compañeros de Lázaro me llevaban la comida todos los días. Eso estuvo guay. Me sentí acompañado en medio de la soledad del aislamiento”, recuerda.

“Hay gente que viene y no se cree que los residentes hayan vivido en la calle. Este proyecto muestra que todos somos recuperables. A veces ves que la vida que han tenido algunas personas les ha desgastado tanto que no van a poder volver a trabajar, pero su identidad como personas, la alegría, el cariño, la ilusión, la confianza en sí mismos, eso sí que es recuperable”, añade De las Casas.

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<p>Aunque hay acogidos y voluntarios, dentro de la casa esas etiquetas desaparecen y todos son compañeros de piso. En la imagen, Ricky y Lidia. Foto: Fundación Lázaro.</p>

Aunque hay acogidos y voluntarios, dentro de la casa esas etiquetas desaparecen y todos son compañeros de piso. En la imagen, Ricky y Lidia. Foto: Fundación Lázaro.

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<p>Aunque hay acogidos y voluntarios, dentro de la casa esas etiquetas desaparecen y todos son compañeros de piso. Eduar y Cristian viven juntos en Barcelona. Foto: Fundación Lázaro.</p>

Aunque hay acogidos y voluntarios, dentro de la casa esas etiquetas desaparecen y todos son compañeros de piso. Eduar y Cristian viven juntos en Barcelona. Foto: Fundación Lázaro.

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<p>La mayoría de los que han pasado por las casas de Lázaro se ha cuestionado su actitud y estereotipos respecto a las personas sin hogar.En la imagen, Lidia y Jose. Foto: Fundación Lázaro.</p>

La mayoría de los que han pasado por las casas de Lázaro se ha cuestionado su actitud y estereotipos respecto a las personas sin hogar.En la imagen, Lidia y Jose. Foto: Fundación Lázaro.

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<p>La mayoría de los que han pasado por las casas de Lázaro se ha cuestionado su actitud y estereotipos respecto a las personas sin hogar. Foto: Adriana y Manoli; Fundación Lázaro.</p>

La mayoría de los que han pasado por las casas de Lázaro se ha cuestionado su actitud y estereotipos respecto a las personas sin hogar. Foto: Adriana y Manoli; Fundación Lázaro.

El secreto y sus desafíos

El impacto de Lázaro es el beneficio de lo que Gálatas, empresario madrileño de 56 años, llama “la eficacia de la presencia gratuita”. Significa simplemente estar, vivir juntos, sin tener una misión concreta como profesional en la casa. Lo que lo hace un modelo tan potente es, según este, que ofrece amistad y que todos están en igualdad. “No es que uno ayuda y el otro recibe, sino que todos damos”, afirma.

Esa transformación que se produce en la casa queda oculta a los de fuera que todavía seguimos definiéndonos con etiquetas. De hecho, conseguir a jóvenes que quieran vivir en la casa al menos un año y a una familia para residir en ella tres años es el principal desafío de este modelo. La manera de buscar a los jóvenes y a la familia es a través del boca a boca y de las redes sociales.

De las Casas cuenta cómo entrevistó a varias familias, pero ninguna de ellas cuajó. Un día, su marido, fue a ver la casa y la bombilla se iluminó cuando dijo “yo podría vivir en esta casa una temporada”. De las Casas no contemplaba a su familia como posibilidad porque en principio se buscan que tengan niños pequeños y ellos los tienen ya mayores, pero todos en la familia se ilusionaron con la idea y decidieron presentarse como candidatos.

Encontrar a jóvenes profesionales también es complicado. Para Nerea, el desconocimiento y los prejuicios impiden que más gente joven se anime a tener la experiencia. Antes de decidirse, Nerea se preguntaba qué podría aportar ella. Su interés por el desarrollo humano y el mundo social le llevó a estudiar Pedagogía y Magisterio y a hacer voluntariado en varias asociaciones, incluida Lázaro. Este interés fue más fuerte que sus dudas. Al mudarse se dio cuenta que la clave está en la sencillez de lo cotidiano. “Se trata simplemente de querer generar ese espacio de familia, de convivencia, de estar pendientes unos de otros, de hacer el día a día un poco más llevadero”, afirma.

Villalva apunta que hay gente que piensan que los voluntarios de Lázaro son superhéroes. “Aquí cada uno se aporta a sí mismo. Yo aquí no soy especial. Se trata simplemente de ser tú mismo. Todos somos válidos aquí”, subraya. Así también lo experimenta Nerea: “En verdad, no se requiere cualidades especiales sino dar lo mejor de uno mismo y dejarte sorprender, porque tendemos a pensar que los voluntarios son los que realizan una labor especial, pero yo siento que los acogidos la hacen conmigo. Me hacen ser más consciente de lo que verdaderamente importa y a tener una visión más real de la vida. Está siendo una experiencia muy enriquecedora”. De las Casas y Gálatas no lo dudan, “los primeros beneficiados aquí somos nosotros como familia”. “Es una vida mucho más enriquecedora que una vida que puede ser más cómoda”, añaden.

Una vez dentro de la casa, los prejuicios se difuminan. El 88% de los encuestados afirma que al pasar por Lázaro se ha cuestionado su actitud y estereotipos respecto a las personas sin hogar. Y el 80% de los voluntarios encuestados afirmó sentirse más cómodo al acercarse a una persona sin hogar en la calle. El 100% de las personas sin hogar se siente mejor aceptada desde que están en Lázaro.

“Aquí nos cruzamos, hablamos, nos juntamos en las zonas comunes, estamos pendientes unos de otros, si necesitas o si te pasa cualquier cosa”, José Nevado.

Un puente con un antes y un después

Para Gálatas, el modelo de convivencia de Lázaro rompe esquemas sociales que han tendido a la formación de guetos donde los ancianos están con ancianos, los sin hogar con los sin hogar, los jóvenes con jóvenes, los ricos con los ricos y los pobres con los pobres. En este sentido, el modelo de convivencia de Lázaro aspira a reducir la polarización, la soledad y la marginación. Permite resetear a las personas y, por ello, genera la oportunidad de que haya un antes y un después.

La casa de Lázaro es un lugar de paso con un efecto transformador en todos los que viven en ella, en lo que coinciden sus residentes. “Todos experimentamos un cambio al vivir en un sitio así y eso es mágico y revolucionario en la sociedad. El mensaje a la sociedad es que hay una manera diferente de vivir conviviendo con personas diferentes”, sostiene Gálatas.

Para los acogidos no hay límite de tiempo para quedarse en Lázaro y la media suelen ser dos años.  El límite lo pone su propio crecimiento. “Cuando estar en Lázaro ya ha aportado todo lo que tenía para aportarle y aquí no va a crecer más, les sugerimos que dejen la plaza a una persona que esté como ellos estaban cuando llegaron allí”, comparte De las Casas. Ellos mismos se dan cuenta cuando es el momento, añade.

En Lázaro nadie es imprescindible. “Yo ahora me voy y no pasa nada. Vendrá otra persona”, dice Villalva. Lo que es imprescindible es lo que se crea entre las personas y cómo eso transforma a cada una de ellas. De Lázaro sus residentes se llevan una actitud de servicio siendo uno mismo y sentirse querido y valorado como tal.

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